jueves, 1 de diciembre de 2016

77. Rayón




En el incontable sinfín de tramas, Bandah se aprisiona en el reflejo de una cama, moribunda y figura hasta la sepultura. Pese a los desencuentros, a los náufragos, o a los poetas que silban su contrahilo a la luz de un castaño sin voz. Que me encanta veros danzar, parece atacar el ego tras las trenzas cobalto de cada general retirado. Sin embargo, cuando al humo se le ve desaparecer, el cabo de urdimbre, en su temporada de escorzos, suda diarios de tinta en decantados espejos. Por donde bajan los soles y ascienden montes de espinos. Por donde zarcillos de envuelto escote otorgan besos en secretos incendios. ¡Qué difícil ser patriota con el hambre bien vacío de pieles y jadeos! Para que llegue una juarista o una ladrona de medio pelo ante el jergón macilento de su vestido azul y cada volante salvaje escupa alejandrinos, como terciando cabos diagonales y coletas altas en pos de una primera guarnición de asaltos lujuriosos. ¿Juntos irían, entonces, unos dedos desorbitados y otras caderas infiltradas?

Conchabado en su sano juicio, nuestro rey saltaría de pisada en pisada. Al margen de las rubias, de las de color chocolate, pues su frenesí de yacer en paz, como barco a la deriva, traería amaneceres cobalto, de agujero entrepierna. Y manos alzadas, y agonizantes gaznates, y alguna que otra flema carrasposa. Dadme hilos y urdiré sedosas pelucas, sin carteras ni bolsillos. Cantando a cuplé lo que la cigarrera fume o fenezca tras los cristales de alegres ventanales.



¡Palabra de rey sobrehilado!




Fotografía: Paisaje de colcha, de Marisa Candal