sábado, 24 de septiembre de 2016

74. En volandas




En un caos con tanto susurro verde, los apodos entrechocan dientes, o eso vaticina todo embalsamador de Bandah, con o sin chavos por en medio. Cuatro cerámicas, atornilladas a monstruos de óleo vitrio, arrebolan vísceras, en un presagio de vida impar, y dispuestas en formación para el redoble familiar de una ejecución. Sin embargo, el luto llanto afina cortes de mangas, ramos de novias y trenecitos al vapor. Tanto gorgoteo, como de flores, como de circuitos gorgonautas, no hace prisioneros tras las pirámides de calles enterradas. Así, las procesiones, con sus trombones, campanillas y mulatas alquiladas, transcurren contando los árboles que restan, en una parábola acarreada de gotas de alpiste.

De todo esto la corte se despierta asestando tazas de café, en una confluencia de japones y de gritos que sólo los dedos más afinados saben transcribir para piano y orquesta. La misma corte, apretada en el ataúd de esos días municipales, y escandalosamente reclinada en escenas de satén, acude en masa a las velas de batista para corroborar lo encendido de sus mechas o la melancolía matorral de cada uno de los batallones de castigo que desgracian la curva rastrera del camino. Y con esa corte de pecho, tan huidiza y callejera, el rey agudiza los contornos, cada cinco castaños y dos abetos, por la parte más físicamente ahorcada del año en curso. Por si los cristales con los que escucha se borran cual terrones de azúcar. No importa la cucharilla de menos en el recuento de haberes siempre y cuando los reproches y la lucha por ser uno mismo arreglen sus trabajos forzados en mordiscos de mermelada o en tajos pétreos de requesón armado.



¡Palabra de rey giroscopio!




Fotografía APOD: Fénix aurora

viernes, 2 de septiembre de 2016

73. Azul origen




La historia de Bandah fenece por donde se asciende a las cumbres. Al tiempo que sus reyes mueren con el germen del primogénito adosado a los talones. Así ocurrió con el último, así será con el segundo. Pues este primero, hombre radiotelegrafista, con el ojo puesto en la lupa de su atalaya sagrada, de nieve y canesú se hizo. Aquietados pliegues de tierra asteroide mordieron influjos solares, cuando aún olían a junio las espuelas de las más altas rameras. Y, acostumbrados a la negra guerra y a su piel ajada, los fantasmas incompasivos deletrearon el nombre certero, aquel lucero en campo de marte que encendería reinos durante la tarde.

Los tiempos de albercas quedaron postrados a las plantas, conjugando meteoritos en las corolas de las abejas. Y para cuando, en el lugar de siempre, brotaron telescopio, escriba y secretario, el presagio encauzó la cálida estampa del invierno, bochorno de bíceps. La noche y el día amamantando al niño, coronado de halcones, con los ojos valquiria oteando cometas y anillos. Risa como silbidos de tren, trenza como relámpago en cielo despejado.
Ingenios a la deriva derramaron mareas gaseosas y la ciudad, tras una lluvia incesante, amaneció sin elección aparente, quemada en bailes, repleta de luz en pecho. Y esta crónica se echó al camino, en pos del cometa, derrotando castillos y cuadrando puentes, como si de una parábola matemática pudieran prolongarse silencios y terremotos. Pasajera tristeza practicada con constancia. Entre gobiernos de uvas pasas y tronos laberínticos a ras de hiedra.


¡Palabra de rey nacido!





Fotografía: Momento antes del amanecer en el monte Fuji (isla de Honshu), de Yuga Kurita