martes, 9 de agosto de 2016

72. Elementos




En Bandah todo es, nada deviene. Así lo anuncian aquellos locos que nos quitarían las mujeres a poco que las encontraran tras la jerga voluptuosa y chirriante de cuatro mugidos en flor. Segados los racimos de especias al caer la mañana hacia el alba, en el absoluto desasosiego del rizoma, las voces encasquilladas del viento apuran remilgos ondulantes tras las copas leñosas de una provincia terciada al verdor cristalino de las esteras. Avispas rabiosas se persignan y los griegos de cera y cartón, que aplauden gimoteos cuando los dioses acuden a geométricos quehaceres, ofrecen sus testas ensartadas entre miles de pergaminos al único hombre de ciencia que no les siembra de dudas.

Poetiza entonces este, glosando esquinas, tendido sobre tela de araña, convertido a su vez en autoesclavo universal de belicosas charlas a las que el secretario boquea asiáticos contratiempos, aludiendo a faros de petróleo mientras come uñas de nervios volcanes. Me llego entonces a pensar, entronizado en labores, cual mirlo de fruto sauco, en todas las listas de paces, al rebufo del que tanto sabe, pues sus cuentas son mis armisticios. Y paso de carros y carretas, y del balancín de quebrantos del medio secretario. ¡Cómo deseo para su tirana lengua una digna sepultura, allá por donde amotinar truenos de punto calceta!

Mas nada apostillo. Busco amparo en las leyes velamen y surco cual pez de plata los punto y seguido de tan adormecida contienda. Antes eso que caer convertido en mecha florida al fondo del espacio.

¡Palabra de rey releído!







Fotografía APOD: Ojo de gato