miércoles, 13 de julio de 2016

71. A tercio perlado






Cuando lunas de sangre despejan infiernos interiores de ceniza gruesa, a Bandah llega la hora de las confesiones amaradas en el sudor atemporal de los dichos. La memoria se aísla de plata vieja y absoluta, y en un cante tres por cuatro sin comas ni tildes, recrea los brazos para ensortijar glorias de príncipes anfibios. En la primera de las intervenciones reales, nuestro hombre coronado, el mismo que atestigua los avatares de la ciudad catalejo en mano, descubrió la pena enraizada de su esposa en punto de fuga. Citó el collar de surcos musicales perdido tras las defensas de un tablero de ajedrez sin dueño ni contraseña. Y apeló a los flamencos egipcios de diamantino lapislázuli. Que si bien la playa de sus sueños come de dos soles gemelos en los días de llovizna, no por eso se deja de brindar con el traje de buzo correspondiente a la etiqueta de cada lugar.

Debéis saber, joyeros del reino parsimonioso de este ámbar costero, que mi dama cuenta en cada piedra atada a su escotado pescuezo los lamentos risueños que mi labia más proverbial derramó en sus refinados oídos de cera. Y a cada sílaba de mi dialecto, chispean sus gozos, que lo sé yo, a pesar de la distancia que nos une y de las misiones arqueológicas de chacales y medusas. No dejéis nunca de revisar los marcos acuñados a cada espalda de látigo pues un fuego tardío abrasará criadas de pronunciados dones.

Tras lo cual, el rey volvió a sus aposentos de altura etérea a meditar sobre frutos prohibidos, con la diestra contando en cada gesto los segundos que hace que no besa el carmín plastificado de su amor de postal.




¡Palabra de rey engastador!




Fotografía APOD: Mosaico


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