martes, 21 de junio de 2016

70. (equi)Distantes




Centellas calcáreas riegan los jardines cósmicos de Bandah, cerca de aquellos agujeros sin materia por donde se disiparon los amigos manchados de tinta. Incluso las damiselas con pantalones prestados saben tejer cortezas de besos a los bajos fondos, para que los enfermos reincidentes cacen salvajes enaguas y tizas de encaje persa. Pues presumimos una minoría de saber encender mechas sin cerilla alguna, cuando lo difícil nos altera el regazo y nos silva la fosforescencia de cada sol amortizado en la conjugación del verbo amatorio.

El ingeniero de asteroides estropeados persevera en comprar ladrillos quemados durante la noche, y el resto fingimos que le creemos capaz de arquitecturas galvanizadas sin que por ello nos apostemos la manera de defraudar su propia suerte. Que dicho técnico pincha en hueso las menos de las veces. Y nosotros repelemos acantilados vestidos de agua turquesa para bebernos el oro de sus ideas de bombero sin cogote. Incluso el fiel escudero de su majestad, envuelto en servilletas de faralaes, le trae velas de cardamomo y licores faroleros de la punta de una gaviota. ¡Bien por él! De lo contrario las torres de veletas transparentes dejarían su atractivo en la puerta disuelta del silencio. Cosa arto desalentadora para dioses, cocodrilos y gomas de borrar.
En el origen del mundo, ya lo dijo el ingeniero, las caras desean procrear celestes coberturas, mientras que sus recuerdos sonríen entre rayas de nylon. Para que los peces de ciudad no se quemen con tanto aire.




¡Palabra de rey peliculero!




Fotografía APOD: Sistema exterior


6 comentarios:

  1. Presumimos de saber encender mechas sin cerilla alguna, de tejer cortezas de besos en la conjugación del verbo amatorio, incluso de amigos reincidentes manchados de tinta.

    Por donde se disiparon los agujeros sin materia, calcáreadas centellas y tizas de encaje, enaguas persas con pantalones prestados, nos alteran el regazo y una minoría nos silva cósmicas fosforescencias, para los aquellos enfermos cerca de los bajos fondos, que riegan los jardines de Bandah,

    Pues cuando cada sol amortizado cace salvajes damiselas, el ingeniero difícil, fiel escudero de su majestad, durante la noche, persevera en el origen del mundo, envuelto en veletas transparentes, para que los dioses no se quemen con tanto aire.

    Entiendo, a quien en la equidistancia elige el sol, entiendo a quien elige la luna, pero he nacido sin elección, vivo en una cara oculta que produce siluetas raras, que acompaña velas de cunas, de aventuras, de enfermos y de muertos, desde hace milenios, le ayudo a producir flujos y reflujos, mareas sin cordura, desordenadas, sonrisas de una mar de lagrimas en los dos ojos de tu cara, sin rumbo, a la deriva, apenas un reflejo de tu tiempo.

    Entiendo quién elige brillar y quien elige ser reflejo, pero nací sin elección, soy un pequeño rescoldo de la mirada que no encuentras en alguno de tus espejos rotos, siempre estoy ahí, escondido, intentando robarte un momento.

    Ahora y cuando ya no estemos.

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  2. Entiendes, y en ese "entender" lo que otros te ponen por delante quizá radique tu elección. Pues prefieres impresiones instantáneas a disecadas estampas del tiempo. Ya sabes que mi rey te acogería de radiotelegrafista. ¡Qué poco os costaría sacarle los colores a un viaje interplanetario!
    Tormentas, lunas, rayos, anillos, meteoros,... en una lluvia incesante de ingenios a la deriva de vuestras plumas deslenguadas. Con reflujos solares, con mareas gaseosas.
    Y en esas cumbres de ensueño, me uniría a vuestros ojos, enferma de envidia, para trazar mi camino en pos de esa estela cometa que os escondería del mundanal devenir.

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  3. No entendería esas pocas cumbres de ensueño que aún quedan libres en los fogonazos del final de la cola de un cometa, sin que paseasemos del brazo a la grupa de una coma.

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    1. Pues, en ese caso, deberíamos ir escogiendo montura y prepararnos para saltar bien arriba.

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    2. Cierro los ojos, pego fuerte la nuca al cuello para orientar el rumbo y reposo todo mi cuerpo sobre la arena. Agárrate bien a mi mano, con el reflujo de la marea mi cabeza se hinchara tanto que saldremos volando cómo un cometa. En esa vorágine y sin soltarnos, tenemos que saltar a la vez, nuestros paseos serán eternos, constelaciones de pasos, nebulosas de miradas, bosques de palabras nuestros.

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    3. Bosques de palabras, cazadas al olvido de un trabalenguas ya olvidado. Y entre ciervos amaestrados y amasijos de esteroides con números pegados, tú y yo, escribas de un sueño redactado, siempre, a dos manos.

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