sábado, 2 de abril de 2016

67. Orantes




Paseantes nocturnos dejan en Bandah el grato perfume de sus andares clónicos, en sucesiones aleatorias de complicada intersección. Pero a la que uno se da la vuelta, e infiere las costras que cada paso alineó sobre el piso marmóreo de las horas, llega a la cuenta exacta que de otro modo no sabría ni cómo abrazar para que la suma o el índice de bonos ahumados dieran el correctivo ajustado, siempre al filo del cero atonal, aliñado todo con unas buenas pochas, jengibre en rama y bostezos de lino fresco. Que de caminos, números y virtudes culinarias saben un rato los financieros esbirros, aquellos que tras descuartizar arterias y meñiques se dan al viento atormentado que empuja glaciares de sol póstumo.

Y a esos paseantes, convertidos en cabeza de alfiler mojado por el birlibirloque de cuatro gotas escuálidas, les pasa como al polvo sustancioso de un niño o un abuelo. Que cobran deudas de sangre en fábricas abandonadas, tras el sumidero vedado de una celda en suspensión algebraica; que tras codos de roturas engendran piamontes de azulado vergel antes de la cena dominical. Y los lugareños se quedan perplejos y algo atizados en su retina ya que de las azoteas más ilustres relampaguean, en código siniestro, mequetrefes reflejos de peladillas chinas sin abrigo. A lo que algún censor acorazado disputaría una vela encendida de almizcle aunque sin auténtica raza ni dibujanta. Que los renacidos en el limbo acuario se consuelan entre ellos, así se dejó escrito en las ánforas trucadas que los modernos llenaron de cobardía al llegarles, en procesión de esquirlas, el canto del gallo pelícano.





¡Palabra de rey cadáver!




Fotografía APOD: Catedral


4 comentarios:

  1. Lo paseanes de Bandah, con sus sorprendentes perfumes, sin duda gustan de ser observados por los inhóspitos habitantes tras concluir sus sórdidos negocios, aunque bajo su mirada parezcan insignificantes.

    ¡Palabra de zorro enjaulado!

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    Respuestas
    1. Mi rey pregunta por lo bajo de su planta qué mal conocido tuvo la osadía de contener las cuatro patas de tu talle en semejante delito. Aguza los oídos, lo sé, sin apenas la recompensa de su propio suspiro.

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  2. Las patas me fueron contenidas por un mandamás -que sobre mí manda más bien poco- pero que es el responsable de extenderme los cheques a fin de mes. Nada como escribir desde el trabajo para sentir que uno es quien manipula el sistema.

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  3. ¡Ay, cómo sabe a qué te refieres -perfectamente- este rey de ensueño!

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