sábado, 5 de marzo de 2016

66. A balazos




Hubo un mar de segundos precipitado sobre Bandah. Coincidió con la época de los pistoleros de recetas mágicas. Época prusiana, de sabuesos de nuevo mundo y monedas vacías de perfiles. Y en ese océano de retazos, los sigilos ganaron la partida ante el boquiabierto e incandescente griterío, perdido, constantemente, entre rufianes de guante blanco. Que si bien todo se compra, y nada parece ser de oro tanto como reluce, se malogran las virtudes tanto como las pecaminosas hijas del infierno.
Pues bien, hubo un mar, con su líquido condensado en cada testa, congestionado en una suerte de poción que cada hora, tras las salvas disipadas del planeta vecino, mareaba inverosímiles idas y venidas de amores y desamores. Perjudicadas cabezas añadían relojes a la ecuación, así de encandiladas aparecían entonces las encefalográficas planicies de sus coronas. Otras mentes, en cambio, preclaras y con alguna que otra tara atisbando el horizonte, diríase conformadas en las bellas artes de la espera sin tregua.
Nuestro rey alardeaba del medio, de la justa porción de tierra que sus orgánicos pies se resistían a dejar sin empadronar. Y yo con él, el mejor grano en posaderas que un entendido en intervalos puede desear. Que para eso rasuraba los decimales, siempre a favor.

Y en espasmos, los segundos filtraban esperanza, cucharadas de violeta cacao, pero también lejanos recuerdos, de la región del cerebro que boicotea por sistema a los enciclopedistas y a sus mamás. ¡Engaña bobos!, vociferan a todo aquel que ponga la oreja sobre el raíl del mapa. Y en esas perturbaciones de la fuerza, la ciudad entera suspiraba, recalaba en los pormenores sedosos de un abanico de flirteos. Con el tiempo justo para desabrochar corsés y calzas.




¡Palabra de rey raudo y veloz!




Fotografía APOD: Un bólido