lunes, 15 de febrero de 2016

65. De posos




Que de una piedra de toque se trate, no tiene ninguna importancia, pues Bandah se toca con la finísima dedicación de un suspiro robado al vaho sempiterno de los musos de octubre.
El tiempo no elige los términos, no fue creado para empeño semejante a pesar de que los camaleones de pluma corta o estilográfica afilada tendrían mucho que pintar al respecto. Pero lo que nos atormenta o nos regocija a partes iguales, o con claras carencias de gusto y sabor, no sabe de estaciones ni de hermosos trigueños con mandolina a cuestas.
Si volvemos a las piedras que nos hicieron arrancar el verso, volaremos a ras, entre las hojas descuajadas de una nieve tardía allá por el bosque infinitivo, el mismo que devoró de adverbios los estrellados ecos de caballería. No me mires así, no lo merezco, diría entonces el ceramista pelirrojo que apuesta con sus furcias de confianza el mejor apego posible a sus ocasos, entre brumas y hollines de puerto sin mar.
No todos los graznidos de apabullante color envuelven a esta ciudad de cimitarra imperial en nebulosas de postal, como tampoco cualquier rey que se precie de veras reza del revés mis predicciones. De ahí las clases, los quebrantos del azar y tantos otros circunloquios majaderos, encaramados todos, y no son pocos, en los vértices de las raíces, sacudiéndose espasmódicamente besos de oliva dulce.
Recoge velas, tú que lees de portentosos vasos floridos; y si los malnacidos revolotean museos, sisando horas robadas de sueños hilados en cuadros de postín, sabe que regresaran al caer los cielos. Sus rayos percatan la osadía. Y la cantan.

  



¡Palabra de rey árbol!




Fotografía APOD: De auroras