viernes, 22 de enero de 2016

64. Avatares




Tras un océano de palabras, y cuando parece que la ciudad se hunde irremisiblemente en el fuego de los antiguos, el perfil de Bandah se condensa de gotas. Y aunque los hielos deberían arder  pese a todo lo que no convenga a esta hora de baratija, a veces al que sonríe le llueven piras incendiarias. Entonces lo mejor es llegarse, sin cofias ni amarres, al agua desalada que flota en azul del cielo. Y esperar brillar más que los argonautas o las cenefas de los arpistas luteranos.
Asomado al periscopio, ondea el mechón rebelde del monarca. Y los muy bajos incisivos de su secretario favorito. Que yo quedo retrasado en alcurnia es una idea atrevida que puede volver a sangrar si de un fuego o cicatriz dependiera. Mas el repicar de mis dedos es lo que tranquiliza al primero y revienta al segundo, en un sinfín de acordes dislocados, tenedores todos ellos de ritmo, gobierno y mareas.
Y así como los ojos confunden miradas con vicios, en el origen todo fue hecho diamante. Así lo cantan los versos estancados de las efigies coralinas, a los que mi buen rey busca constante asilo político toda vez que sus consejeros, panda de hormigas y cigarras parlanchinas, no quieren ni oír hablar de sibilinos dodecasílabos si no es que previamente remojan sus gaznates pulidos en licor de lirio marino.
De estas vicisitudes saqué yo la costumbre visigoda de manejar la Underwood cada cuarenta noches, siempre que las lunas se acercaban hasta nuestro lugar de observación. Destilaba entonces grafías sobre sus tatuajes eternos y el polvo de millones de estrellas decapitadas volvía sobre las cuartillas, rememorando el crepitar del corazón cósmico.



¡Palabra de rey mecanógrafo!




Fotografía APOD: Cuatro billones


4 comentarios:

  1. Bendita arcaica Underwood, que atrae el antes de andantes mareas, de historias de goteras, de cartas a libros de horas, sin miedo al paso de eones, titanes o dioses más o menos humanos.

    Su tipografía se atreve a reclamar ser releída, olvidar el rumbo cada cuarenta noches, recuperando el tiempo y el espacio de órbitas desviadas.

    Benditas sean sus palabras, que desvelan la carta de navegación de la ciudad del perpetuo retroceso, donde las flores marchitas florecen incluso antes de nacer.

    La Luna no fue la única causante de lo inevitable, la atracción nacía también de la tierra, su mutuo e incipiente deseo de emanar a la vida, persiguiendo un murmullo de agua, llovido millones de años desde otros mundos, fue el detonante.

    Las cicatrices rojas, generosas, dejaron brillar numen blanco y negro, mirando de reojo notas al margen, de pétalos y mariposas.

    Los puntos suspensivos tatuados como galones, son la merecida corona de esta maravillosa consorte de su inventado rey cambiante, del que una vez más me declaro súbdito, como árbol caído, como nautilus sin nemo.

    El día llega a sus teclas cargado de una añil esmeralda, las letras de una a uno, de uno a una, serán siempre algo más que páginas.

    Tendrán voz de ciento en viento.

    Palabra.

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    1. Benditos los acordes del emisario cuando tus letras lacradas llegan al galope.

      El rey despierta de su siesta impostada y acude a cada renglón sobre una goleta de ensueño, mártir argonauta de cada verbo certero, de cada nombre encadenado con tino al siguiente.

      Y la escriba sonríe pues te imagina en tu cocina mágica, con vistas a la luna creciente, apaciaguados ya los monstruos cuellicortos que te arreglan las horas diurnas con sus quehaceres de duende. Y porque sabes que, como ella, robas. Ladrón de tiempo, de pluma y de tinta, de letras inconexas que por arte de unos dedos dientros en esto de escribir por turnos, crean las bondades de todo mundo pergeñado a dúo.

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  2. Me encanta como describes los paisajes de Bandah, te lo prometo. Al Rey, al Valido y a toda la corte de insectos que claman por su licor.

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    1. Gracias Holden. He de decirte que a mi rey le tienes extasiado, por tu porte, por tus luces, por esa especie de línea editorial que destilan tus pupilas.

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