sábado, 6 de junio de 2015

62. Estacionario




El sol naciente sopla en Bandah con la caída en despertares de no pocos insectos. Por entre los rebordes afilados de una primavera ensortijada, desfilan haces de luz dorando en plata miles de estragos oculares. Los jardines rebosan entonces de raíces cuadradas y de sondas mayestáticas que ciertos animales antiguos depositaron allí antes de evaporarse el mundo ante sus narices.

Y de ellas va esta mariposa, pues las damas pisotean enardecidamente las corolas con sus fosas nasales, polinizando a su vez los más ruines corazones de tiza, y yerguen de sus pantanos interiores seres larvarios con los que flirtean en sueños de adolescencia. Luego vendrán de corrido a marearme a mí, pertrechadas de salvajes anagramas como queriendo aprehender rayos gamma de un disco solar extinto hace ya, en cinemascope y sonido envolvente. Cuando lleguen a descubrir que su amado escribiente destruirá los hechos futuros de apócrifos argonautas en pos de una criatura universal que contente no sólo a reyes de baraja sino también a estuarios de tiempos mecánicos, cuando llegue el día de autos, las anacrónicas bellezas de postín destriparán a sus galanes pavos para saciar, ante la llegada de nuevos héroes, las ansias lujuriosas por convertirse en flores venenosas de sin par voluptuosidad. Que marchitarse no entra en sus planes, como tampoco decapitarse bajo cascos reptiles de cuadrúpedos voladores. Para ello se parieron arbustos filamentosos de resina estrellada, para eso el carbón desmenuza en contadas perlas lo monstruoso que resulta labrar la tierra muerta del orbe palaciego.

¡Palabra de rey agrimensor!




Fotografía APOD: Cabeza de caballo