viernes, 24 de abril de 2015

60. Cosquillas, centro




Aquellos labios llegaron a Bandah, y lo hicieron sujetos al rostro rasgado de una mujer que, sin esas dos porciones perturbadoras de la fuerza, sería la pena o la gloria, sin más, de cualquier semidios. Mas la ondulante sequedad de sus finas líneas quiso atormentar lo escueto de mi pobre cerebro. Y sabe el secretario de mis regias limitaciones, como nadie desconoce lo torpe de su parecido. Pues bien, llegados al punto sonrosado y carnal de esa boca, cometas enteros me descifraban lo elocuente de sus veredictos. Y tras las pausas café, un bólido de pitillo alumbraba el vértice de cada uno de mis pensamientos. Densitometría del querer furtivo.

Con los anteojos resoplaban mis órbitas fuera ya de todo valor catastral, pereciendo al verme reflejado de palabra en el canal atmosférico de una risa y su correspondiente lágrima. Que la dama teje ambas posibilidades a la vez, virtuosa y espléndida que es ella. ¡Digo! Y como mi simpatía atronadora, raspada a base de varitas mágicas, hacía las veces de locuaz declaración de intenciones, sus desafiantes acompañantes sobrevolaban a la rapiña mi corona de espinas, defecando insultos bajo mis pies, a lo que yo, peonza descarada, respondía siempre con versos rubios y pelirrojos de alto rango. Mi bella entonces bostezaba, y dos acalorados rosetones teñían colores crepusculares en mi pecho, ruborizando las entretelas de mi traje de alquiler.

En estas que un corcel navío atracó tras los mares de su península extranjera y marchó al tiempo de quedarse para mis artificiales despedidas. Suerte de los que nos expiaron tras los lienzos alicatados del adulador embarcadero.



¡Palabra de rey galante!




Fotografía APOD: Senderos en el cielo