lunes, 3 de marzo de 2014

55. En la madeja




En aquella especie de luna, la vieja Bandah emigra tras heladas raíces hacia un porvenir de invierno, consumiendo oxígeno a cada bocanada de miedo. El prestidigitador que aletea manos y sombras sobre su esfera no quiso pronunciar su papel pues el mago del rey despachaba más acorde a su instinto, dejándose incendiar las pestañas con polvo dorado en los hirsutos brazos de una concubina organdí.
De todas formas, se dibujaron rotondas, canales y estrechas pendientes, como también amores, descuidos y fortunas en un encanto de genialidad. Los presentes vislumbraron así el renacer de sus fiestas y cada animal sin invitación confió la suerte de poder existir al comportamiento amoral de un iluminado.
Regueros neuronales se inflamaron de sangre corrompida y el mapa de sus deseos sensoriales cobró el sentido perentorio que una sombría falta de elegancia había atardecido junto a sus marchitos cuerpos.
Con las nubes del incendio sobre el horizonte curvado, leyeron en la calva gaseosa el rostro suplicante que les observaba, amenazando con devolver a las campanas la música serena y demoledora que los presagios extinguidos siempre tuvieron.
Atracados en el puerto giratorio que emana de las caderas crueles de toda amante, endulzaron sus lenguas en el flujo de la ciudad, amarados en sudor, dispuestos a soñar con el verano acuciante que regresaría tras tamaña ordalía de fuego y hielo. Y pergeñaron ínfimas cartografías del desastre a tenor del incipiente relajo de sus idas y venidas, como por las ofensas requeridas antes del ritmo vertiginoso que el oráculo sirvió después de corromper sus ojos de nuez.

¡Palabra de rey noche!




Fotografía APOD: Luna Europa  


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