miércoles, 20 de noviembre de 2013

51. Corrientes




Afinando sus aletas, el secretario canturreó:

A su llegada a Bandah, lo primero que hizo fue santiguarse; más tarde, se lavó las manos y, a continuación, contó cien monedas, una tras otra, en el alfeizar del tejado superior, por aquello de apreciar en lo que vale tan rica escena estival.

Y señalando cielo y mar, prosiguió:

Si aún le hubiesen visto los soldados en su ronda por el perímetro, o cualquier otro funcionario en horas baldías, no permitirían voces extranjeras delatar los acuerdos firmados en la paz, nada desdeñable, de un hogar alpino. Pues era bien conocido por todos que su misión había sido interrumpida con desprecio, y los enajenados pagarían tamaña afrenta al atardecer del quinto día, junto al árbol del ahorcado, en la víspera de su propia muerte.
No por compadecer al prófugo la sentencia sería menos severa. En todo caso, y tras un análisis pormenorizado, cada jurado se correspondería con el siguiente, y así sucesivamente, hasta lograr que la condena ajustara al daño omitido y no desconfiase demonios pasajeros.
Tras lo cual, a su marcha, recorrió los bajos fondos, asistió al prójimo y decidió no regresar nunca más.

La corte respiró aliviada. Sus pulmones reprimieron lúgubres asperezas e intentaron asirse al olor de castañas, mas la sensación por ellos conocida no difirió de las anteriores. Los chivatos, junto a sus delfines, abandonaron la orquesta. Y se dio por concluido el eclipse.
Solamente los pájaros, atados a las ramas secas, gozaron de nuestro pálido gobernante al referir a sus pies el revés que el ultrajado visitante partido no pensó ni siquiera aprender.

¡Palabra de rey colgante!




Fotografía APOD: Zeta Oph