domingo, 16 de junio de 2013

47. Tripulando estrellas






Cuelgan fósiles más acá de la estela magmática de Bandah. Y, con todo, la sucesión de estratigrafías decoloradas se estremece con horror.
Nada igual previeron las piedras ni los metales, nada en su fuente solidificada fue cuna áspera y transparente. Sólo el aliento, resquebrajado al omitirse los espacios entre comas, puede hacer frente a su propio eco dentro de los cristales helados, en una mañana fría y despiadada a comienzos del segundo mes.
Se van entonces, sobre luces polares, los viajeros atolondrados que, dado su estado uniforme de cacofonía, baten silogismos intencionados a lo ancho de la veranda oxidada del pensamiento.

Fue un barco, sí, un barco, el que abogó tras el blanco nebuloso de espinas, casi al pairo de exilios y ambiciones para traer consigo poetas de todo tiempo y marineros ciegos de mar y de alisios sin rumbo. Y, haciéndose atolón, su madera se declaró incompetente para todo aquello que no fuera quebranto y mujer. Pues así deber terminar la evocación: tallada en mascarón de popa según la pericia del primero de abordo.
Y si algún historiador futuro sabe sacudirse las legañas oteando peces plateados, convertirá la melodía en cifras sobre un gráfico de notas fugaces, esculpirá frisos a jirones, y llenará de olas y vírgenes diluidos mapas.
Que las estaciones se levanten de la brisa, que los emigrantes sequen sus penas a orillas de esta ciudad.
Memorias volando en globo.

¡Palabra de rey capitán!






Fotografía APOD: El fantasma del capitán