sábado, 25 de mayo de 2013

46. Franjas oblicuas






El ocaso de Bandah.
Y ese primitivo océano de almas sofocadas, regateando su entrega o el acopio de esquirlas heladas.
Todavía dan crédito a las leyendas cortesanas aquellos que postergaron dos piezas de oro ante la estrella de su último tranvía, a pesar de las ocho nubes, o de lo fortuito de un aire más espeso que el vaho en enero.
Entre los pensamientos, crueles morfemas, y esas rayas tiradas al fondo del negro tras deliberaciones que no hacen más que estorbar los juegos sin secar en las horas enrojecidas de los arces.
Pan de oro y lágrimas biseladas, pareja animal propia de los tímidos, que recorre la isla con rumbo desmayado, soltando fonemas como si de migas lirio alguien ocuparse supiera. Y la ciudad junta sus noches, hilvana estrofas. Y el secretario navega entre los campos de arena sanguínea. Sólo las grullas y la pena debaten largos fríos en mis dedos, a la vista blanda de un entrecerrado moribundo.

¿Qué ordalía dura apenas dos días?, acuña el rostro del rey sobre el cristal. Oyéndole, la decadencia frena su flujo, se instala a perpetuidad a ras de pestañas.
Se mecen los iris gastados, se ciegan los olvidos ante el dorado sueño final.

¡Palabra de rey prisionero!






Fotografía APOD: Puesta de sol


6 comentarios:

  1. Y lejos de allí, de Bandah, hay otros lugares.
    La lente del telescopio, el nictógrafo usado de telégrafo, se fijan y cuentan sobre otra ciudad.
    Una donde el pan de oro y la opulencia sacra se oculta sistemáticamente cuando, fuera, en la calle, el mundo parece derretirse.

    Por cierto, yo si era el del insomnio, pero no el mismo. Básicamente el personaje era primo lejano del protagonista del corazón delator.


    Muas

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    1. Cierto, de otras bellas ciudades se llena el firmamento cuando se apaga la luz de la mesilla. Mas mi rey prefiere las curvas de Bandah, y los insomnios de corazones delatores, sabe que nadie es perfecto.

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  2. Teñido por el color de limbo desperté una noche. Sacudiendo estrellas de mi almohada. (caían a centenares, de un cielo tan apretado, que no les dejaba sitio).
    Todavía con los ojos acostumbrados a la luna, me inundó otra mañana de colores, de bosques llenos de personajes ocultos.
    En la esquina de ese rincón, que me inunda de noches que miran al cielo de día, el juicio de dios no llega nunca, se lo roban las alas de Iris, rodando en el centro de la rueca que teje telarañas de hilos de recuerdos.
    Vagué hasta la corte de un reino prisionero del perpetuo retroceso, persiguiendo el rayo que cayó sobre mi paraguas y encontré una frase de las que escribo en mi sombrero:
    -No hay ocaso que no preceda a un amanecer, si mira todas la noche a la luna, en las pestañas de unos ojos prestados.-

    En la luna ya estado, me fui de la tierra, mi camino esta trazado entre dunas de sueños de un vagón de este tren.

    Persiguiendo un rayo.

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    1. Entre esas dunas plagadas de sueños, negras en el contraluz azulado del ocaso perpetuo, aparecen siempre los prestados ojos del hacedor de cuentos, aquel que, vagabundo en su cuerda, sílaba a sílaba, dibuja el sonido del trueno.

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  3. Un placer tener acceso a esta ventana y ver el ocaso de Bandah, precioso!

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    1. Gracias Balbi.

      ¿Te has fijado en el azul? A mi rey le lleva a los tuyos, a esos azules disueltos y mágicos que tu pintas.

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