jueves, 18 de abril de 2013

44. Epidermis sombra






Vías férreas, caminos de postas, vuelos escurridizos en globo. Caben todas las posibilidades en Bandah. O eso vociferan cada terco día del mes las mejillas  que ilustran el cuento húngaro del secretario.
Saliendo en diestra hora por las líneas adoquinadas del puzzle, recodos y audaces movimientos de piedra tensan la caída de la luna sobre las aguas. El espejo celeste requiebra las rayas de una piel curtida de alegrías y devoradas enseñanzas. Y por más que se amputen deseos a su reflejo, la severidad del encuadre no permite más estrías que una plaza, la iglesia invertida y un pie tuerto de andares… como el huérfano abedul al tronchar su risa en aparente corteza pétrea.
Si el sol quemado en la playa hundiera sus pisadas como los uniformes cuadrantes hacen atravesando el césped con sus botas rocieras, la razón de tanto sufrido cortejo entre vigilia y suntuoso placer turbaría la pose supina del monarca. Dejaría de carraspear sus botones de madreperla mientras incita a los grillos a ir resbalando por el aire encerado del casco viejo. Y su feroz escriba solidificaría la luz esquinera que se filtra por metros, balcón a balcón, en frases indomables, tiradas por cuadrigas persas.

Una siesta plana y particular resuena aquí abajo. Pisadas como teclas de piano sin afinar su escala. Y en lo alto de la tarde, se evapora el tiempo que hace que no me das la orden de vigilar, sin trampa ni cartón, la bocana de nuestros propios recuerdos, en este mar de lenguas viajeras, de arenas con voz de viento arremolinado tras las hojas moradas del crepúsculo.
Que tus labios guarden los silencios emergidos a la sombra del pecaminoso brebaje que representan ahora mismo los mordiscos en este nocturno paraíso.

¡Palabra de rey anatomista!





Fotografía APOD: Polígonos polares