sábado, 2 de febrero de 2013

41. A dúo






De guijarros de colores, en Bandah, sólo hay en el tramo esquivo y afrutado del arroyo Tormento. Maratonianos pescadores dejan rastros en blanco y negro, como surcos arados en los discos de algún satélite inoportuno, toda vez que los pigmentos de sus cuerdas vocales no dan el tono arbóreo hasta palidecer la luna bajo el sesgo azul del día.
Pero si de un canto se despegan sus gajos, de gas se comportan las arenas movedizas de la china troceada.

En los sepelios, junto a carruajes de almas sin pena, afloran olas furiosas, corriendo una tras otra. Los pies crujen gravillas muertas que, al decir de su eterna majestad, esmaltan primaveras: verdes para los opacos ministros de texto sin lengua y anaranjadas, ¡ay espuelas de mil lunares!, para las medias engarzadas de la musa de anoche.
Burlando la ortografía tras la sangre de una dentellada furtiva, se entierran mentiras. Afiladas unas y romas sus contrarias, como si de piedrecillas mudas se trataran. O como si de garfios arrojadizos los niños retoñaran sus burlas contra los cristales empañados de un mausoleo en hojas bajas y hoyos embozados.
Mis pensamientos van a la deriva, tras la cola reticente de una estela mágica, aquella que viste y derrocha nuestro rey. Tallada en su faz, una mueca, recuerdo pesaroso y equidistante de la muesca que cose el compás a mi pecho.

¡Palabra de rey certero!






Fotografía APOD: Antes yahora