miércoles, 20 de noviembre de 2013

51. Corrientes




Afinando sus aletas, el secretario canturreó:

A su llegada a Bandah, lo primero que hizo fue santiguarse; más tarde, se lavó las manos y, a continuación, contó cien monedas, una tras otra, en el alfeizar del tejado superior, por aquello de apreciar en lo que vale tan rica escena estival.

Y señalando cielo y mar, prosiguió:

Si aún le hubiesen visto los soldados en su ronda por el perímetro, o cualquier otro funcionario en horas baldías, no permitirían voces extranjeras delatar los acuerdos firmados en la paz, nada desdeñable, de un hogar alpino. Pues era bien conocido por todos que su misión había sido interrumpida con desprecio, y los enajenados pagarían tamaña afrenta al atardecer del quinto día, junto al árbol del ahorcado, en la víspera de su propia muerte.
No por compadecer al prófugo la sentencia sería menos severa. En todo caso, y tras un análisis pormenorizado, cada jurado se correspondería con el siguiente, y así sucesivamente, hasta lograr que la condena ajustara al daño omitido y no desconfiase demonios pasajeros.
Tras lo cual, a su marcha, recorrió los bajos fondos, asistió al prójimo y decidió no regresar nunca más.

La corte respiró aliviada. Sus pulmones reprimieron lúgubres asperezas e intentaron asirse al olor de castañas, mas la sensación por ellos conocida no difirió de las anteriores. Los chivatos, junto a sus delfines, abandonaron la orquesta. Y se dio por concluido el eclipse.
Solamente los pájaros, atados a las ramas secas, gozaron de nuestro pálido gobernante al referir a sus pies el revés que el ultrajado visitante partido no pensó ni siquiera aprender.

¡Palabra de rey colgante!




Fotografía APOD: Zeta Oph

miércoles, 23 de octubre de 2013

50. Bocados nocturnos




El perpetuo retroceso ha hecho que Bandah modifique exponencialmente su panorama. Las vistas son el más osado de los picadillos y, a ojos de no pocas gaviotas, los despojos salinos, remolcados a lomos del oleaje putrefacto, dan, al cabo de todo río, espoleta desde donde otear la línea siempre amartillada de sinrazón.
Marineros con aletas descifraron la pureza y torsos plateados redujeron a escamas todas aquellas ilusiones izadas al nordeste del soleado casco, a cuyo palo batían duelos airados y revueltos. De un timón armado sobre brasas, percutían los brazos de nuestro rey a expensas del rizado mar del tiempo, y desafiando a cuarto y medio el furor de unas velas rotas tras el derribo virtuoso de unas féminas defensas.
La arena recala a los pies de las estatuas y la resaca, a cortos y afilados lengüetazos, mata despóticamente a los apostados sin santo, que la seña viró al perderse la popa constelada del primer argonauta.
Que sin luna se ocultan los chiflados, en bien sabido, mas no por ello es menos cierto que de corales gigantes están hechas las joyas que su majestad cavila entre trago y trago de cielo.

¡Palabra de rey turbio!






Fotografía APOD: Yosemite

martes, 27 de agosto de 2013

49. Color de obra




Los poetas de Bandah florecen en la punta tardía, libres de su capa de estera, con guantes lucidos de rimas banales. Si le dieran a mi ciudad toda la música escrita en un verso, sobrarían libros y anteojos. Pasaría entonces mi veta tras los cielos rasos a la espera de asestar lucientes festones, o arpegios fundados de estrellas para consentir toda la brisa que acumulan tus cinceladas pestañas. Mueves las hojas de cada árbol, desde lo más profundo de mi ensenada, y saltan colores a la paleta concertada de este abismo. Sobre los tejados, ante grietas gatunas o tunantes petirrojos. Con clase, aunque sin nota.
No sabes que los edictos me los invento, sorbiendo en cada rayo de escritura cada mota de sentido que el común de los mortales tiene a bien condecorarme. Y aunque los violines tiñen de cuerdas gastadas los trinos acurrucados de varios cantos sueltos, todo sabe mil veces a rayos cuanto más silban nuestros caballos de mar brava, bajo el amarillo son de las olas.
Mas corriendo hacia la espesura adivino tus ventanas, los malos humos que figuran en el panel de control. Y aunque no soporto los cambios de escenario ni los caminos pertrechos, sueño con tus pies y las pinceladas en racimo que sirven al fondo, no sólo al borde de tu torre sino también en el giro de aquel candelabro que guiña secretos bajo mano.
Suaves drapeados esculpen tu figura en el yeso, y a cada columna le sucede un estilete de espejo.
No siempre ibas a ser tú, mi esfinge de arena, la redactora de estas horas desconchadas de azur. De otra forma no adornarías mis cartas de efímeros triunfos, con prosas y caballetes, sin antes descolgar mis infames dedos del tenor acometido.

¡Palabra de rey picapleitos!






Fotografía: Tormenta de agosto, con nubes al fondo


jueves, 1 de agosto de 2013

48. Lo que no se ve






Los mares de Bandah hacen de la ciudad un palacio sumergido, en el que las piedras, los cristales y los cantos invisibles se alinean en zigzag. Se descorren paredes ardientes y las vírgenes cuelgan de redes empapadas de luciérnagas. Momentos de encantamiento en los que suicidarse a tono, llegado el intersticio apócrifo de los dioses.

Y es en esos mares, tras el alicaído susurro de una manivela, donde el archipiélago de almas se desvanece con mayor cautela, no sin paladear, por si la travesía de la furia fuese a extinguirse por barlovento, las mieles melancólicas de una abstinencia oscura y turbadora. Cómo fingen entonces su promiscuidad los galanes, y qué poco chapotean en sus mágicas bañeras los pececillos de goma.
En un revés pasajero, todo color es en vano, todo perfume sala el balanceo de su pesca.
Como cifra escrita en agua, así es ella, la que tímidamente estimula fornidos truenos con la luz apagada, mientras los aros invertidos y las doradas espadas baten su bravura ante las almenas posadas en tierra. Que de corcho se hace el amor ideal y de tímido alambre al apático músculo con el que seguir aquí, remojando en bronce la pluma del abecedario.

Sólo las grullas, con su lirio estrellado, devuelven a los campos violetas de su espejismo perdido. Y si pasa, el secretario se dispersa tras las cortinas llenas de algas y el rey confunde la desnudez de la más rara peonía con las alas de una mujer abanico, para fruncir en cada una de sus olas gemas de clorofila.

¡Palabra de rey escondite!






Fotografía APOD: Escondite



domingo, 16 de junio de 2013

47. Tripulando estrellas






Cuelgan fósiles más acá de la estela magmática de Bandah. Y, con todo, la sucesión de estratigrafías decoloradas se estremece con horror.
Nada igual previeron las piedras ni los metales, nada en su fuente solidificada fue cuna áspera y transparente. Sólo el aliento, resquebrajado al omitirse los espacios entre comas, puede hacer frente a su propio eco dentro de los cristales helados, en una mañana fría y despiadada a comienzos del segundo mes.
Se van entonces, sobre luces polares, los viajeros atolondrados que, dado su estado uniforme de cacofonía, baten silogismos intencionados a lo ancho de la veranda oxidada del pensamiento.

Fue un barco, sí, un barco, el que abogó tras el blanco nebuloso de espinas, casi al pairo de exilios y ambiciones para traer consigo poetas de todo tiempo y marineros ciegos de mar y de alisios sin rumbo. Y, haciéndose atolón, su madera se declaró incompetente para todo aquello que no fuera quebranto y mujer. Pues así deber terminar la evocación: tallada en mascarón de popa según la pericia del primero de abordo.
Y si algún historiador futuro sabe sacudirse las legañas oteando peces plateados, convertirá la melodía en cifras sobre un gráfico de notas fugaces, esculpirá frisos a jirones, y llenará de olas y vírgenes diluidos mapas.
Que las estaciones se levanten de la brisa, que los emigrantes sequen sus penas a orillas de esta ciudad.
Memorias volando en globo.

¡Palabra de rey capitán!






Fotografía APOD: El fantasma del capitán



sábado, 25 de mayo de 2013

46. Franjas oblicuas






El ocaso de Bandah.
Y ese primitivo océano de almas sofocadas, regateando su entrega o el acopio de esquirlas heladas.
Todavía dan crédito a las leyendas cortesanas aquellos que postergaron dos piezas de oro ante la estrella de su último tranvía, a pesar de las ocho nubes, o de lo fortuito de un aire más espeso que el vaho en enero.
Entre los pensamientos, crueles morfemas, y esas rayas tiradas al fondo del negro tras deliberaciones que no hacen más que estorbar los juegos sin secar en las horas enrojecidas de los arces.
Pan de oro y lágrimas biseladas, pareja animal propia de los tímidos, que recorre la isla con rumbo desmayado, soltando fonemas como si de migas lirio alguien ocuparse supiera. Y la ciudad junta sus noches, hilvana estrofas. Y el secretario navega entre los campos de arena sanguínea. Sólo las grullas y la pena debaten largos fríos en mis dedos, a la vista blanda de un entrecerrado moribundo.

¿Qué ordalía dura apenas dos días?, acuña el rostro del rey sobre el cristal. Oyéndole, la decadencia frena su flujo, se instala a perpetuidad a ras de pestañas.
Se mecen los iris gastados, se ciegan los olvidos ante el dorado sueño final.

¡Palabra de rey prisionero!






Fotografía APOD: Puesta de sol


martes, 7 de mayo de 2013

45. (con)Sentir






En los eclipses acaecidos en Bandah, duele como una mala cosa la razón extraviada. Los plebeyos apostados a las puertas del cielo gimen apretando los dientes, cruzando los dedos entre las vetas de la decidora de verdades y echando la vista atrás, por aquello del acento suizo y las manchas del sometimiento.
En todos los iris explotan nebulosas, en todas las mentes se recrea el atónito milagro del advenimiento más absoluto. Las nubes de gas recorren los colores agujereados y estallan imágenes en los confines del margen, para rebotar nuevamente en el lago estancado de la primera impresión.
Los ojos se quedan atónitos. Evaporan niebla ácida sobre sus convecinos y la masa queda entonces devorada por el mismo contratiempo.

Regueros anaranjados, visiones de otro mundo, puntos radiales de luz, todo cabe en la mirada congestionada del último de los cautivos. Nuestro intestado gobernante. Sin convicción resulta más enfadado, más próximo al parricidio; pero las apariencias confabulan explicaciones que no caben en un plato de sopa. Por ejemplo, yo le miro y una isla aparece dentro del río. Desierto brillante en litros y litros de agua con mal genio. En sus pupilas empatan las mías, avanza nuestra demencia y reímos entremezclados. Pero la suerte me es esquiva, caería a pico ante su acantilado y él arrancaría oscuras sentencias de su arena empapada con mi vida, volviendo a la lejanía planetaria que lo encandila.
A veces me pregunto, en un revuelo para orillar el asunto, si lo que veo no es el desteñido vaho norte de una estación de trapo.

¡Palabra de rey mínimo!






Fotografía APOD: Eskimo
 

jueves, 18 de abril de 2013

44. Epidermis sombra






Vías férreas, caminos de postas, vuelos escurridizos en globo. Caben todas las posibilidades en Bandah. O eso vociferan cada terco día del mes las mejillas  que ilustran el cuento húngaro del secretario.
Saliendo en diestra hora por las líneas adoquinadas del puzzle, recodos y audaces movimientos de piedra tensan la caída de la luna sobre las aguas. El espejo celeste requiebra las rayas de una piel curtida de alegrías y devoradas enseñanzas. Y por más que se amputen deseos a su reflejo, la severidad del encuadre no permite más estrías que una plaza, la iglesia invertida y un pie tuerto de andares… como el huérfano abedul al tronchar su risa en aparente corteza pétrea.
Si el sol quemado en la playa hundiera sus pisadas como los uniformes cuadrantes hacen atravesando el césped con sus botas rocieras, la razón de tanto sufrido cortejo entre vigilia y suntuoso placer turbaría la pose supina del monarca. Dejaría de carraspear sus botones de madreperla mientras incita a los grillos a ir resbalando por el aire encerado del casco viejo. Y su feroz escriba solidificaría la luz esquinera que se filtra por metros, balcón a balcón, en frases indomables, tiradas por cuadrigas persas.

Una siesta plana y particular resuena aquí abajo. Pisadas como teclas de piano sin afinar su escala. Y en lo alto de la tarde, se evapora el tiempo que hace que no me das la orden de vigilar, sin trampa ni cartón, la bocana de nuestros propios recuerdos, en este mar de lenguas viajeras, de arenas con voz de viento arremolinado tras las hojas moradas del crepúsculo.
Que tus labios guarden los silencios emergidos a la sombra del pecaminoso brebaje que representan ahora mismo los mordiscos en este nocturno paraíso.

¡Palabra de rey anatomista!





Fotografía APOD: Polígonos polares


martes, 26 de marzo de 2013

43. Juegos de azar






Llueve en Bandah. Se derraman aguaceros de plegarias y en las azoteas escasea el agua bendita.
A mí me sobran decenios, cuarteo los dedos sobre el acero líquido que galopa mis pestañas y solamente un lucero tiembla tras la cortina.
Se esperan dos alumbramientos, eso es todo.

Desde el primer vuelo de peldaños, con viento de cola, escapo del fulgor. Pese a los embustes del ángel, a los acertijos del carpintero.
Quizá no quede lejos la humedad, aquella que espolvorea palabras de caja alta sobre los remedios del destino. A ninguno de mis adeptos les gustaría acorralarse a ciegas con citas inglesas o turcas pues les impediría descoser los labios y pronunciar amigos y conocidos. Que la aurora llegará puntual mas el perdón, ay, quién podría asegurarlo sin vender antes su efigie maciza de sombras  y colores galantes.
Devorando al caballo lozano y al árbol enraizado de cualquier modo, ahí persiste el falso perfume de las nubes. Mecánica de las tormentas que se asemeja en días y treguas a la impaciencia zalamera de mi rey de copas. No debo enfermar, es aturdidor este sueño de gotas melancólicas sobre los bordes sigilosos de mis manos. Y el apagado chirriar que me pierde es, a la vez, mi única salvación.

¡Palabra de rey azaroso!





Fotografía APOD: Cometa de enero

miércoles, 6 de marzo de 2013

42. (en)Carnados






El porvenir de Bandah hace cola en la puerta oriental de la ciudad, junto a los leprosos de espíritu y a los repartidores de ofensas.
El porvenir tiene una forma peculiar de accionar la aldaba invertida de la puerta, los garantes custodios lo llevan escrito de serie, pero no hay cielo ni sol que altere el orden de preferencias.
Si al orbe se le añade su cometa, lleno de placeres vagos y ostentosos, ¿qué le queda a las figurillas  errantes de los paseantes?

El porvenir nunca sale retratado en las luces de los geógrafos, bien lo sabe el secretario. Una fila finita de días hace que cuente yemas, en sus dedos y en los de aquellos organistas que no cejan de ensayar tremendo monumento al deseo.
Pretende no saber que debería mudar de cielos, las crónicas sin traducción aparente así parecen burlarlo, mas no a ojos necios pues la vida pasa lenta y circular a cada puesta de sol. Y como la boca de un pozo, todo se cierra con la llave menos descantillada.

Por venir el herrero a doblar la horquilla de la puerta, yo persigo lo que no anda escrito todavía en el duelo canoso de mi fiel monarca. A pesar del aire falsificado que suspira entre sus escasos ropajes, mantiene los quevedos firmes y al pairo de habladurías copernicanas. De lo contrario, los bermellones colgantes a su paso por el puente levadizo del mundo ya no brillarían más. Y los cielos incautos de negrura inundarían las pupilas ciegas de membrillo.


¡Palabra de rey por-venir!






Fotografía APOD: Collar de perlas


sábado, 2 de febrero de 2013

41. A dúo






De guijarros de colores, en Bandah, sólo hay en el tramo esquivo y afrutado del arroyo Tormento. Maratonianos pescadores dejan rastros en blanco y negro, como surcos arados en los discos de algún satélite inoportuno, toda vez que los pigmentos de sus cuerdas vocales no dan el tono arbóreo hasta palidecer la luna bajo el sesgo azul del día.
Pero si de un canto se despegan sus gajos, de gas se comportan las arenas movedizas de la china troceada.

En los sepelios, junto a carruajes de almas sin pena, afloran olas furiosas, corriendo una tras otra. Los pies crujen gravillas muertas que, al decir de su eterna majestad, esmaltan primaveras: verdes para los opacos ministros de texto sin lengua y anaranjadas, ¡ay espuelas de mil lunares!, para las medias engarzadas de la musa de anoche.
Burlando la ortografía tras la sangre de una dentellada furtiva, se entierran mentiras. Afiladas unas y romas sus contrarias, como si de piedrecillas mudas se trataran. O como si de garfios arrojadizos los niños retoñaran sus burlas contra los cristales empañados de un mausoleo en hojas bajas y hoyos embozados.
Mis pensamientos van a la deriva, tras la cola reticente de una estela mágica, aquella que viste y derrocha nuestro rey. Tallada en su faz, una mueca, recuerdo pesaroso y equidistante de la muesca que cose el compás a mi pecho.

¡Palabra de rey certero!






Fotografía APOD: Antes yahora