sábado, 24 de noviembre de 2012

40. Instrumentalmente


Sin otro roto que descoser, el tejedor de instrumentos dijo que aguardaría en Bandah tres días más, hasta la salida del tren intercontinental. Pero pidió entretenimientos varios, jornadas de calor a pleno pulmón, y dulces agasajos femeninos. De lo contrario rompería los estribos del desocupado monarca y traería la peste a los hogares más cornejos. Quedaron libres de todo perdón las fuentes, los ríos y el cielo multicolor.

Excitado y desorientado, el secretario se puso a cavilar. De la noche surgieron dos amaneceres distintos y dividió el orbe para no tener que sufrir al tejedor. Mas la jugada se intuyó y el rey me obligó a redactar excepciones en papel de seda para que alguno de sus inútiles lacayos las convirtiera en estrellas y las prendiera por los jardines perennes.
La duquesa de los rizos amoratados sacrificó sus anillos en pos de una baratija mecánica y pareció que el secuestrador de estados era feliz lavando sus enaguas y lubricando goznes de tela rala.
¡Pero qué cruel puede llegar a ser la modernidad!
La lente ocular que siempre pende de la capa corta de un soldado en activo acabó con el engaño y averió los lentos procederes de laicos y holgazanes, incluido el tejedor de duquesas.
Yo me limité a observar el cohete, la cápsula donde cabizbajo el pobre ladrón ataba sus besos a cordones infinitos, y la posterior explosión de gas y confeti.
Que las tuercas bañaron cientos de kilómetros a la cuadrada y que no se vio a ningún pájaro en globo, lo supe más lejos de mi escritorio, cuando yacía contemplando el negro mar de esturiones, meses antes del colapso financiero y la quiebra del paraíso.

¡Palabra de rey mecánico!






Fotografía APOD: Avería