sábado, 27 de octubre de 2012

39. Pecas


A orillas de Bandah todo parece suceder y nada oscurece jamás.
Si recuerdas el canto de los aposentos tras el amanecer perezoso de mis dedos sobre las cuerdas de su instrumento, podrás adivinar al esclavo seductor que alimenta su pecado tras el cuello embotellado del coñac.
El resto de la velada muere al unísono con espinas y abetos. Mis cabellos no se parten en moños imposibles y mis venas no azulean más de la cuenta al dejar de respirar viendo el fuego devorar mis pálidas cenizas.
Susurros salen despedidos de las llamas, se despiertan los criados en el sigilo del estruendo y el rey, atónito, me descubre en las huellas que dejó la tinta de mis labios sobre la piel sin curtir de su corazón.
Y ahí quedan las pecas durante la noche, guardadas tras los vasos comunicantes de mil arterias ensangrentadas; y ahí perduran los trinos del amor cortesano, sin un fin determinado pero sí con raíces de sicomoro, respirando con el acorde metálico de su pulso.
Pecas africanas en territorio níveo, sin explorar, pues la reina se fugó antes de lo previsto y el rey cesó fugazmente de mirar a sus damas.

No me canso de insistir, de atiborrar sus oídos con vocales, de ganar todas sus partidas, pero es incapaz de fijarse en la cola de faisán que abanica mis suspiros en un lenguaje cifrado que apenas si desea pergeñar.
Quedando así los trabajos sin componer ni desbaratar, pesco cabezas decapitadas desde el balcón occidental del puente maestro y las vuelvo a naufragar en el mar aterciopelado que duele abajo. Si la inspiración me visita, comparto sus lágrimas y le canto al marcharse.
Que las pecas mías son.

¡Palabra de rey hercúleo!






Fotografía APOD: Venus en el borde