lunes, 24 de septiembre de 2012

38. Insensatez


En el polvo derramado del café reside el pasado de Bandah. Miles de huellas centenarias recrean dibujos aproximados de lo que en una hora fue real y luego se desvaneció, sin preguntar qué pueblo sería el siguiente.
Y aunque no hay testimonios más fiables, las brujas de las fronteras, siendo damas de alta cuna, pasan de puntillas por el borde escarpado de las letras sin querer adormilar los deseos de esperanza que cada vez menos pierden los habitantes al refugiarse en el brillo de las farolas.

El rey, engrandecido por el paraguas que alguien con poco sentido práctico dejó perder sobre las olas mansas de la laguna seca, se asoma al horizonte pétreo del jardín y, bajo el sol nocturno de primeros de mayo, relata en voz queda, una dos y tres, las vidas de aquellos personajes enjaulados en cuerpo errante que vienen a pedirle consuelo ante el declive de su prosa; una prosa deletreada coma a coma, dilapidada acento por acento, en los teatros celestes del reino.
Y ni todos los consejeros de levita castaña pueden interrumpir su acto sublime pues tras el diálogo de ciegos siempre surge el aplauso diestro y saltarín de las flores entorpecidas en su contante fluir.
Yo soy la primera en reconocer que el perfume de tan bellas palabras, aunado al porte principesco del orante, hace de mi literatura la razón que tanto envidian las hormigas azules que entran y salen, y vuelven a salir, por los límites sedosos de aquellos senderos perpetrados por el cauce de mis sueños.

Insensatas miradas parten por doquier, acechando risas, desvelos y demás chucherías, para criticarnos con calma y luego brindar por el rápido restablecimiento de la paz lunática. Si me dijeran que estos rituales funcionan, no me lo creería más allá de una duda miope, precipitada desde lo más hondo de mi espíritu prosaico.

¡Palabra de rey precipitoso!






Fotografía APOD: El desfiladero