sábado, 21 de abril de 2012

36. sab(R)ina


La reina no era de Bandah.
Pero en su cielo cuajado de exvotos me sentí rehén afortunado.
Tras los cortinajes de enredos, entregado por entero al cuchicheo más servil, descabecé el sabor de sus dotes y el vacío más ajustado.
Canela y mirra en las horas cervicales, cardamomo y té rojo para las estrellas de mi escudo.

Encadenadas, junto a los postes del camino, miles de grecas resolvieron tejer mi espera mientras mi graciosa fisonomía desfilaba resacas a orillas del río olvidado.
Una libélula posó el encanto de la noche sobre la guardia y el redoble de tambores acompañó a la ciudad, como el esbirro que sostiene la suerte al caer de su filo.
Desvaríos descompuestos, funestas historias sin presente, que engarzan destellos lujuriosos en mi memoria.
No olvido el temple de su raza, ni el marrón asilvestrado del par de lunas esféricas que teñían de argento los aposentos de su desventura.
Y aquí sigo, en el mar alucinado y pastel de un Vitruvio cualquiera, entre el fuselaje menos acertado del que soy capaz.
En el vuelo de su falda, cosido al rapé centelleante del último baile, cargó mi coraje, la peluca del consejero y el sonido especial de las siete letras que eclipsaban al cucú tecleando su nombre, y se unió al dolor.

En lo que abarca la vista, el rizo de Orión me levanta el espíritu.
Debo ausentarme, tal vez lejos se encuentre el muro del tiempo.

¡Palabra de rey jinete!








Fotografía APOD: Multiversos