domingo, 22 de enero de 2012

34. Evolución


Bajo la línea de fuego, Bandah, y su perfil de ciega sultana.
El cielo, al revés de su sino, baña en la ciénaga del mar las lomas, posando estratos de merengue consumido al compás de las nubes.
El rey ondea su caballo alado y el escriba, bajo celuloso estandarte, recita la historia más apasionante…

“Por entonces, en la Tierra un día duraba sólo cinco o seis horas. El planeta giraba a toda pastilla sobre su eje. La Luna colgaba suspendida en el cielo, pesada y amenazadora, mucho más cerca, y por tanto parecía mucho mayor que en la actualidad. Las estrellas no brillaban casi nunca, pues la atmósfera estaba llena de niebla espesa y polvo, si bien espectaculares estrellas fugaces se deslizaban a menudo por el cielo nocturno. El Sol, cuando era posible llegar a verlo a través de la monótona niebla roja, era acuoso y débil, sin el vigor de su apogeo. Los seres humanos no podrían sobrevivir en un lugar así...” *


Vueltos ambos hacia la luz nebulosa del fin de los días, repican sus manos contra las arenas del desafío.
¡Qué bello sería no creerte, pasar por alto la deslenguada osadía del trovador!
Lástima de palabras relatadas al limbo, mi señor, entre corceles de grana y oro, y serpientes de pelaje tostado.

¡Palabra de rey incendiado!







Fotografía APOD: Estrella brillante
(*) Los diez grandes inventos de la evolución, de Nick Lane.