sábado, 24 de noviembre de 2012

40. Instrumentalmente


Sin otro roto que descoser, el tejedor de instrumentos dijo que aguardaría en Bandah tres días más, hasta la salida del tren intercontinental. Pero pidió entretenimientos varios, jornadas de calor a pleno pulmón, y dulces agasajos femeninos. De lo contrario rompería los estribos del desocupado monarca y traería la peste a los hogares más cornejos. Quedaron libres de todo perdón las fuentes, los ríos y el cielo multicolor.

Excitado y desorientado, el secretario se puso a cavilar. De la noche surgieron dos amaneceres distintos y dividió el orbe para no tener que sufrir al tejedor. Mas la jugada se intuyó y el rey me obligó a redactar excepciones en papel de seda para que alguno de sus inútiles lacayos las convirtiera en estrellas y las prendiera por los jardines perennes.
La duquesa de los rizos amoratados sacrificó sus anillos en pos de una baratija mecánica y pareció que el secuestrador de estados era feliz lavando sus enaguas y lubricando goznes de tela rala.
¡Pero qué cruel puede llegar a ser la modernidad!
La lente ocular que siempre pende de la capa corta de un soldado en activo acabó con el engaño y averió los lentos procederes de laicos y holgazanes, incluido el tejedor de duquesas.
Yo me limité a observar el cohete, la cápsula donde cabizbajo el pobre ladrón ataba sus besos a cordones infinitos, y la posterior explosión de gas y confeti.
Que las tuercas bañaron cientos de kilómetros a la cuadrada y que no se vio a ningún pájaro en globo, lo supe más lejos de mi escritorio, cuando yacía contemplando el negro mar de esturiones, meses antes del colapso financiero y la quiebra del paraíso.

¡Palabra de rey mecánico!






Fotografía APOD: Avería

sábado, 27 de octubre de 2012

39. Pecas


A orillas de Bandah todo parece suceder y nada oscurece jamás.
Si recuerdas el canto de los aposentos tras el amanecer perezoso de mis dedos sobre las cuerdas de su instrumento, podrás adivinar al esclavo seductor que alimenta su pecado tras el cuello embotellado del coñac.
El resto de la velada muere al unísono con espinas y abetos. Mis cabellos no se parten en moños imposibles y mis venas no azulean más de la cuenta al dejar de respirar viendo el fuego devorar mis pálidas cenizas.
Susurros salen despedidos de las llamas, se despiertan los criados en el sigilo del estruendo y el rey, atónito, me descubre en las huellas que dejó la tinta de mis labios sobre la piel sin curtir de su corazón.
Y ahí quedan las pecas durante la noche, guardadas tras los vasos comunicantes de mil arterias ensangrentadas; y ahí perduran los trinos del amor cortesano, sin un fin determinado pero sí con raíces de sicomoro, respirando con el acorde metálico de su pulso.
Pecas africanas en territorio níveo, sin explorar, pues la reina se fugó antes de lo previsto y el rey cesó fugazmente de mirar a sus damas.

No me canso de insistir, de atiborrar sus oídos con vocales, de ganar todas sus partidas, pero es incapaz de fijarse en la cola de faisán que abanica mis suspiros en un lenguaje cifrado que apenas si desea pergeñar.
Quedando así los trabajos sin componer ni desbaratar, pesco cabezas decapitadas desde el balcón occidental del puente maestro y las vuelvo a naufragar en el mar aterciopelado que duele abajo. Si la inspiración me visita, comparto sus lágrimas y le canto al marcharse.
Que las pecas mías son.

¡Palabra de rey hercúleo!






Fotografía APOD: Venus en el borde

lunes, 24 de septiembre de 2012

38. Insensatez


En el polvo derramado del café reside el pasado de Bandah. Miles de huellas centenarias recrean dibujos aproximados de lo que en una hora fue real y luego se desvaneció, sin preguntar qué pueblo sería el siguiente.
Y aunque no hay testimonios más fiables, las brujas de las fronteras, siendo damas de alta cuna, pasan de puntillas por el borde escarpado de las letras sin querer adormilar los deseos de esperanza que cada vez menos pierden los habitantes al refugiarse en el brillo de las farolas.

El rey, engrandecido por el paraguas que alguien con poco sentido práctico dejó perder sobre las olas mansas de la laguna seca, se asoma al horizonte pétreo del jardín y, bajo el sol nocturno de primeros de mayo, relata en voz queda, una dos y tres, las vidas de aquellos personajes enjaulados en cuerpo errante que vienen a pedirle consuelo ante el declive de su prosa; una prosa deletreada coma a coma, dilapidada acento por acento, en los teatros celestes del reino.
Y ni todos los consejeros de levita castaña pueden interrumpir su acto sublime pues tras el diálogo de ciegos siempre surge el aplauso diestro y saltarín de las flores entorpecidas en su contante fluir.
Yo soy la primera en reconocer que el perfume de tan bellas palabras, aunado al porte principesco del orante, hace de mi literatura la razón que tanto envidian las hormigas azules que entran y salen, y vuelven a salir, por los límites sedosos de aquellos senderos perpetrados por el cauce de mis sueños.

Insensatas miradas parten por doquier, acechando risas, desvelos y demás chucherías, para criticarnos con calma y luego brindar por el rápido restablecimiento de la paz lunática. Si me dijeran que estos rituales funcionan, no me lo creería más allá de una duda miope, precipitada desde lo más hondo de mi espíritu prosaico.

¡Palabra de rey precipitoso!






Fotografía APOD: El desfiladero

sábado, 2 de junio de 2012

37. (dispara)Te


Ceniza electrificada para Bandah en su apogeo. Cañonazos en el desfile caluroso de una estación.
Alguien habló años antes de un cabaret ambulante en el que las cebras rayaban la saciedad y los chaqués enturbiaban los sentidos a sus damas.
Música, sorda y muda, pero música al fin, lo que acudía a las orejas de aquellos perdularios, entre plumas de ganso castrado y vapores de licor de centeno.
Y en el amargo lujo de una corista, el rey que soy yo trago dulce de mar mientras suena el violín renqueante del espectáculo.
Bellas odaliscas pintan entonces el cielo con sus pavorosos bucles postizos y el atrezzo rompe la simetría apocalíptica de los presentes, haciendo de las monedas entregadas al aire oro líquido amarado de luz.
Cuando en el interludio la trampa de cocodrilos se reabra, y mi secretario favorito presente sus condolencias al gobernador al quite de su soga, mieles y manzanas verdes merendaremos cada uno a lo suyo. Que una tormenta cualquiera no desbarajuste los planes circenses antaño firmados.

Ah, y llegará de nuevo el principio del fin.
Flautas atravesadas en los parterres silbarán tras la hierba azucarada y yo ejecutaré mis parabienes por doquier resoplando más que la yegua de mi dulce concubina allá por el cerro del infierno.
¡Cómo me divierten sus devaneos con las tijeras! ¿Y qué opinar de su disfraz de codorniz afrutada?
Aplaudir, y sólo temer a los rayos torcidos que pudieran quemar la savia de sus pestañas.

¡Palabra de rey emboscado!







Fotografía APOD: Erupcionando

sábado, 21 de abril de 2012

36. sab(R)ina


La reina no era de Bandah.
Pero en su cielo cuajado de exvotos me sentí rehén afortunado.
Tras los cortinajes de enredos, entregado por entero al cuchicheo más servil, descabecé el sabor de sus dotes y el vacío más ajustado.
Canela y mirra en las horas cervicales, cardamomo y té rojo para las estrellas de mi escudo.

Encadenadas, junto a los postes del camino, miles de grecas resolvieron tejer mi espera mientras mi graciosa fisonomía desfilaba resacas a orillas del río olvidado.
Una libélula posó el encanto de la noche sobre la guardia y el redoble de tambores acompañó a la ciudad, como el esbirro que sostiene la suerte al caer de su filo.
Desvaríos descompuestos, funestas historias sin presente, que engarzan destellos lujuriosos en mi memoria.
No olvido el temple de su raza, ni el marrón asilvestrado del par de lunas esféricas que teñían de argento los aposentos de su desventura.
Y aquí sigo, en el mar alucinado y pastel de un Vitruvio cualquiera, entre el fuselaje menos acertado del que soy capaz.
En el vuelo de su falda, cosido al rapé centelleante del último baile, cargó mi coraje, la peluca del consejero y el sonido especial de las siete letras que eclipsaban al cucú tecleando su nombre, y se unió al dolor.

En lo que abarca la vista, el rizo de Orión me levanta el espíritu.
Debo ausentarme, tal vez lejos se encuentre el muro del tiempo.

¡Palabra de rey jinete!








Fotografía APOD: Multiversos

sábado, 24 de marzo de 2012

35. En verde


A Bandah se llega desde lo más alto, encumbrando en el salto los pormenores que dan sentido a un soneto mal rimado.
Pese a ello no es baladí el fulgor de unos ojos cerrados en el carnaval de luces transparentes que friegan la bahía cada minuto de sal, sin reparar en el gasto que unos pasos provocan en este maquillado corazón.
Ambarino verdemar para los secretos transcritos en el margen derecho de su góndola preciada, acatando la cercanía de los planetas si el lago no se arroja una piedra a sí mismo y se emborrona caprichosamente con el fango de mañana.

La primavera terciaría melosa su peón en el tablero marfileño que marea nuestro rey, a sabiendas que su jaque degollaría una sublime esperanza para todo aquel que recreara la visión del edén.
Pero de verde palparía su mejor traje, travesura tras la cancela lustrosa de los siglos.
Y en el castillo de nubes irisadas, apretujadas en un lazo corredizo, las risas ensobradas de mil lacayos ofrecerían la paz estimulante de su deserción.
Huele a madera en los bosques de cuento y a sangre derramada en cada una de las lacas que salpimientan los deditos acorazados de la justicia. Pero las ensoñaciones magas no acarrean los puentes y la aurora, desquiciada por su corona, debe conformarse con ser agasajada desde esta otra orilla, mucho más pudiente que la muerte.

¡Palabra de rey torreón!







Fotografía APOD: Noche estrellada

domingo, 22 de enero de 2012

34. Evolución


Bajo la línea de fuego, Bandah, y su perfil de ciega sultana.
El cielo, al revés de su sino, baña en la ciénaga del mar las lomas, posando estratos de merengue consumido al compás de las nubes.
El rey ondea su caballo alado y el escriba, bajo celuloso estandarte, recita la historia más apasionante…

“Por entonces, en la Tierra un día duraba sólo cinco o seis horas. El planeta giraba a toda pastilla sobre su eje. La Luna colgaba suspendida en el cielo, pesada y amenazadora, mucho más cerca, y por tanto parecía mucho mayor que en la actualidad. Las estrellas no brillaban casi nunca, pues la atmósfera estaba llena de niebla espesa y polvo, si bien espectaculares estrellas fugaces se deslizaban a menudo por el cielo nocturno. El Sol, cuando era posible llegar a verlo a través de la monótona niebla roja, era acuoso y débil, sin el vigor de su apogeo. Los seres humanos no podrían sobrevivir en un lugar así...” *


Vueltos ambos hacia la luz nebulosa del fin de los días, repican sus manos contra las arenas del desafío.
¡Qué bello sería no creerte, pasar por alto la deslenguada osadía del trovador!
Lástima de palabras relatadas al limbo, mi señor, entre corceles de grana y oro, y serpientes de pelaje tostado.

¡Palabra de rey incendiado!







Fotografía APOD: Estrella brillante
(*) Los diez grandes inventos de la evolución, de Nick Lane.