miércoles, 23 de noviembre de 2011

32. nub(Oso)


Navegando, entre un mar y otro, recalan los cirros en Bandah.
Blancos, de puro algodón, los del verano austral. Tostados, cobrizos y lilas los próximos al ocaso de los días. Y añiles, cargados de agua y electricidad los que presagian tormenta.
Y aunque nadie deja de visitarlos en algún momento de su dilatada presencia, son los de aroma a limón los más pertinentes cuando se fía a alguien la eternidad de unos sentimientos.
Millones de muescas sobre la madera que asiste al puente de los engaños refrendan tal hipótesis.
Pero no hay que dejarse obnubilar por el dorado artificial de un colmillo postizo o por el magenta de unas venas cortadas al revés. O por lo menos no al final del recuento de gestas que sintetizan un currículum impersonal, pues si revolcarse en el arenal puede contagiar langostas, desvanecerse en la inconstante profundidad de un cúmulo, plagado de sonoro silencio, conllevaría aceptar la existencia divina en un aire cualquiera.

En ese caso justamente probable, el rey rasgaría sus ojos, parlotearía en dialecto sincero y acometería con su sable oxidado la barriga de todo aquello que le mostraran sus anteojos gastados.
El devenir de sus pasos sobre la tierra sería, con mucho, triste y abyecto. Y las perlas más ridículas asemejarían océanos petrificados en el azul de seda de su chaqué.
Sin embargo, el sol no ha desperdiciado aún ninguno de sus rayos fuera de los confines locales.
Las nubes siguen decorando los pasillos de palacio. Y las ministeriales polillas acompañan un siseo pegajoso en cada actuación de la banda.
Lástima de la estática acuarela.

¡Palabra de rey sombrado!






Fotografía: Nubes de girasol