domingo, 30 de octubre de 2011

31. Emplatar


Sentada en el pescante de mi vida, llegué a Bandah en el soplo de un cometa.
Si alguien apostado en el margen del camino hubiera sorteado mi suerte, par y rojo ganaría la banca.
Que fuera este el atribulado secretario o una dama de cría, nada cambiaría el hecho incontestable de ser la favorita en tierra ajena de un monarca con parangón.
Así las cosas, la sonrisa menguante de los días ha hecho que las congojas de dichos personajes, estrellas efímeras al borde de una teja, sirvan de precedente para todo este preámbulo radial y torsionado en el que se ha convertido mi relato.
¿Y qué sería de mi verbo sin ellos?
Una parte substancial de la creación, así lo dictaría en sus memorias el más docto de mis sirvientes.


Que somos el tiempo que nos queda y aunque Violadores del Verso firmarían cantando tremenda aseveración, no por cierta tendría menos empaque para la que aquí continua trazando blanco sobre negro letras sin sentido, por obra y gracia del perdón y el tiento de un majadero coronado hace ya lustros.

Señor, déme colores, y con tiza plasmaré el universo conocido, sin dejarme por la senda del retrato los portentosos hoyuelos de la maja nebulosa, aquella que desde su particular gancho cuelga los deseos enamorados de millones de penitentes.

¡Palabra de rey impresionado!







Fotografía: Verona, un domingo cualquiera de octubre

sábado, 15 de octubre de 2011

30. Primo piano



Rodear Bandah por el interior de su perímetro y figurarte la oscuridad como una laguna infecta de desangelados presagios.
Tras la cortina, los terciopelos vigilan el prodigio como no haciéndose cargo de lo común de su brillo. Los halos son entonces círculos diamantinos, alianzas por un amor que se dio un día y nunca se lamentó lo suficiente.
Eclipses que vuelven una y otra vez, repetidos en su ciclo vital, aunque los sabios no se permitan errar ni los animales sucumbir a su influjo demoledor.
De soles, de lunas; de mares, de océanos…
Superposiciones equidistantes en un cielo estrellado de conjuros, donde todos enviamos, raudo y veloz, el montante de nuestras esperanzas –sean o no confesables- para no parecer, en la noche de los tiempos, más ingenuos de lo esperado.

A nuestro rey place cogerse del brazo más apuesto de la corte y salir a pasear por los jardines inundados, no sea que un fugaz bólido no lo vislumbre preparado y a la orden, alineado en el teatro efímero de su carta astral.
¡Palabra de rey ufano!





Fotografía: Untitled (Solar eclipse), de Robert Longo