martes, 9 de agosto de 2011

28. (co)Senos


Parpadean unos ojos el sueño de Bandah y, sin clamar venganza, el sonrojo de la dama hiere mucho más que la saeta del martirio.
De pecadores la ciudad anda bien surtida, baste acercarse el forastero peor hallado a los burdeles que entran y salen de los contrafuertes del viento. Allí las criaturas más sobresalientes y enigmáticas practican en mil lenguajes parecidos el arte del tiento y del decoro, pues de perdidas y descarriadas la corte sabe un rato.

De las de jubón a rayas y sabor a jazmín, corona los sentidos la hembra del mayordomo de su graciosa majestad el herrero. Las aves exóticas cedieron sus plumajes a fondo perdido ante la blancura algodonera de un par de senos bien anclados al fondo del escotado encierro de un simple vestido de arpillera negra.
Entre lazos y cosquillas refinadas, turgente hechizo para los binoculares de los maestres de capa y espada. Que si bien podrían simular volutas de humo rancio, los pelillos sacudidos con gracia celestial desde el pecho de la susodicha no dejan de cacarear el trino de lindísimas avecillas sacrificadas.
El ínclito herrero se muestra contento allá donde va pues se sabe envidiado, no de cornamenta si no de arte mujeril; y eso hace cotizar sus armas por encima del dictamen ministerial.
Mientras tanto, nuestro rey, desconfiado como el que más ante tanta opulencia, concierta encuentros bajo la persuasiva luz de las velas con la señora en cuestión a la espera del dictamen de los médicos, aquellos preocupados mafiosos que lo asisten cada vez que su lustrosa majestad eyacula parabienes espumosos.
¡Palabra de rey faldero!







Fotografía APOD: Rastros de polvo

1 comentario:

  1. Quedose mirando, como santo al cielo, aquel vallecito nacido bajo el vestido de arpillera igual al suyo.
    El diferencial color, más terroso y labriego el del mirón, era la única diferencia en aquellas siete dibujadas en la viñeta de la vida.

    ¿La única?

    Bien sabe el mozo, del sayo faldero, que el triángulo rectángulo, refaccionado entre uno de los catetos, la hipotenusa del ángulo contiguo a ese cateto, es decir, el rey que mancillaba a la dama de negra arpillera, era el secante que sacrificaba el encuentro con su amante.

    La única no, dijo el joven mirón llevando sus ojos a esa vertiente que separaba, bellamente, sus dos senos en constante eyaculación bajo la común arpillera.

    ResponderEliminar