martes, 19 de abril de 2011

23. Arder


¿No hubo pasión?

Para un morador de Bandah es inoportuno preguntar, como también lo es presuponer.
En la noche estrellada, con todas las luciérnagas entregadas a la tonada celestial, la duda razonable destila resina violácea.
No seamos fatuos; en los hogares despiertos hasta altas horas, el amor se despereza poblando a reacios protagonista de cierta esperanza geométrica.
Si el rotar hidráulico de varios anillos suspendidos de su índice aparcara la fiel censura de un deseo, qué no afectaría la pálida candidez del guiño entregado al aire en los pasillos tortuosos de una torre.

Perecer en torno a la salomónica negativa de un beso, estrellar los ojos en el paraíso acuoso de un mar enfurecido por el rechazo más ancestral de la historia.

Que dos amantes sean enamorados en su desdicha platónica, refuerza el criterio médico del suicidio cuántico de sus cuerpos sobre arenas de mentira.
Oficialmente la reina lo es por gracia divina, mientras que el lacayo calentador pugna su puesto con la temporalidad de un contrato papelero.
Suerte tengo, siendo escriba, de no aspirar amor alguno tras las puertas esquivas de mi terrario con ruedas. Que dioses hay muchos y no es preciso cabrearlos a todos.
¡Palabra de rey tormentoso!








Fotografía APOD: Luna en rojo