jueves, 10 de marzo de 2011

22. Dorada corola


No es tarea fácil encontrar de buen humor al rey de Bandah, asustarle con el presupuesto en jabón de girasol malgastado por algún que otro sujeto y conseguir que tu cuello, investido de una suerte fabulosa, prosiga en su sitio por tiempo imperecedero. Si además ese mismo cuello resiste la tortura china y no se desnuca bailando al son de sus muelles, la elasticidad de huesos y membranas hará el resto, que no es más que tragar con todo, y resistir el cruel y despiadado homicidio regio.
Pero aún es pronto, la medicación flota divertida en el estómago y los efectos colaterales no han arrancado el hervor.
La úlcera flaquea vergonzosa y el hiato ríe espasmódico tras la pared intercostal.

El crisantemo amarillo pende abrasados rayos del azul plomizo y, bajo la visera manual, el iris desenfoca a propósito el tono del día.
Dejaron las lupas sin limpiar. ¡Malditos criados sin alma!
Y ciego, el rey silva y relincha, su halcón empica el brillo y el secretario se echa las manos al gaznate para acoplarse la soga del tiempo.
Verlos gozar así, de su escasa compañía, no tiene precio. Será por eso que la escena pasará inadvertida para los astrólogos y los enfermos, consumidos todos en sus propias alucinaciones.

Y en el camino marcado, más allá de la tierra seca y magenta del recodo, buscaré al guitarrista negro, el que ayer, desterrado en una zanja, seguía lustrando sus cuerdas bucales al compàs de un 3 por 4 desafinado.
Y tirado en su carro, chasqueando los dientes en memoria de algún actor, partió de regreso el viejo heredero.
¡Palabra de rey joraique!






Fotografía APOD: Explosión solar