viernes, 29 de octubre de 2010

16. Desbandada


Si todo aquel que recoge sus frutos devolviera a Bandah parte de lo sembrado, otro plumífero nos cantaría.
Pero no es el momento de hacer hervir la sangre más de lo apetecible pues ya se derramó suficiente en la última contienda. Baste citar a los clásicos, aunque sea de pensamiento, y todo permanecerá inalterable.
Amén.

Volviendo al plumífero, el ave visitó el fortín siendo un polluelo. Para cuando pudo sobrevolarlo a su antojo, el emplazamiento se había trasladado apenas unos grados. El hecho no tendría mayor importancia si no fuera porque yo mismo críe al osado animal. Su plumaje, su cresta coloreada en amianto, toda su línea aerodinámica de serie, eran la envidia del más pintado. Y a él recurrieron mis enemigos para darle caza y extraditarlo a su lugar de origen sin tener la más mínima consideración a mis desvelos interesados y partidistas.
Mas la perfidia se les volvió contraria. En el atardecer del día de su partida, pétalos en rojo fuego precipitaron de las alturas, en ráfagas aleatorias de alto contenido mineral; y miles de pájaros llenaron de perfume otoñal las calles atestadas de caras trasnochadas. Peregrinos que llegaban para acompañar en su transito al que durante unos decenios habitó mi preciosa jaula dorada; y al que yo sobornaba para oírlo cantar.
¡Palabra de rey desplumado!







Fotografía APOD: La galaxia del paraguas

miércoles, 13 de octubre de 2010

15. Lagunar


En el extremo más cercano al final se encuentra un lago sin nombre.
Durante las calendas de marzo Bandah se sumerge en la luz brumosa de sus aguas sin prestar demasiado interés a las consecuencias. Es entonces cuando las nubes de celofán que serpentean por doquier, refieren algún estornudo sibarita y la campaña de gripes se apresta a colonizar la ciudad.

¿Y para qué sirve un lago sin nombre? Para bien poco si no sabe jugar bien sus cartas. Y no son necesarias las trampas para reírse del destino con tan sólo un as a buen recaudo en el doble fondo de la manga.
Tanto de una cosa como de la otra el rey no puede dar mucha fe pues él mismo se jugó el abecedario entero con el encargado del registro, a la carta más regia y perdió. De ahí que no le quedaran letras para otorgar particularidad a un simple accidente geográfico cargado de humedad y de ranas principescas.
Y ahora, en el honor manifiesto que supone carecer por completo de denominación, se distingue cierto orgullo patrio al vadear su ensenada. Que nadie podría defender mejor sus intereses que una columna constante e infinita de gotas de agua suspendidas al unísono por una causa común (y justa).

Así pues, al localizar en los mapas una muesca coloreada de azul sin tinta negra en su interior, no se afanen los descubridores ávidos de aventura y reconocimiento mundano pues es más que probable que el mérito de su hazaña sea desafortunado y en extremo engorroso.
A nadie le gusta que le molesten en su día de asueto y menos por algo que no tiene sentido o solución.
¡Palabra de rey congestionado!





Fotografía: Un lugar indeterminado tras el cielo de Milano