sábado, 18 de septiembre de 2010

14. Nacer


En la noche de los tiempos, en aquella en la que Bandah se reveló alternativamente majestuosa y perversa… en esa noche digo, el rey nació entre suspiros embrujados y anhelos mal diestros.
Los allí presentes confesarían tiempo antes que el alumbramiento debería corresponder al género fantástico para hacer de la ciudad una plaza de cuento.
Mas no se cumplieron sus expectativas y, pasada la estrella por el reverso del firmamento, apenas resistió el polvo de oro sobre la caja de música que una abuela generosa tuvo a bien depositar en el regazo de la cuna imperial.

Un coro de niños arrancado del paraíso cantor de la sacristía pergeñaba segundo a segundo sublimes melodías para reconfortar a la parturienta, cayendo tarde en su error pues quién osaría comparar los berridos de cientos de angelotes rubios con los de una criatura venida a este sucio y decadente mundo sin apenas formación.
Tembló el pescuezo del director de cámara y también el bastón de los progenitores. Y puestos a imitar el dulce balanceo del junco, siguieron el ritmo las criadas, los sonetos del viento y hasta el otoño alojado en los cristales de la alcoba.
Que un rey no nace todos los días y un heredero menos todavía. Y quién diga lo contrario puede que mienta pero no más que aquel otro embaucador de sucesos, diestro y malvado por igual, que visitó la corte nueve meses antes del feliz parto.
La menina de tirabuzones de carbón, asomada a la cabecera del bebé, fue la única en descubrir aquel brillo azulón que destilaban los ojos del mago en las tempranas pupilas del vástago real.
¡Palabra de rey bartardo!




Foto APOD: Nebulosa Trífida

1 comentario:

  1. Todos los días no nace un rey, pero un rey si nace todos los días.


    besos

    ResponderEliminar