miércoles, 30 de junio de 2010

11. Prendida


Indolente se adormece Bandah en el amanecer de los tiempos.
Entre el barullo se perciben olores de colores que nos susurran sueños irreales, quebraderos de cabeza para los profanos en la materia.
La chimenea aún conserva trazos chamuscados de mis palabras malsonantes. El secretario descorchó el acelerante incendiario para tapar nuestras culpas.
Mas el recuerdo imborrable de un reproche, frívolo espectador en las horas bajas, suplica entrar en acción por boca de la meretriz más exquisita. Engalanada a la tenue luz de una vela, escuadra y cartabón en mano, ésta escupe líneas discontinuas en tinta sepia de nogal sin otra gracia que separar los granos de sal que se perdieron en el mar.

Y aunque el cenit llegó para el sol, la llama de cera violeta transfigura el oxígeno y la concentración de vapor de agua en polvo de oro, precipitado hacia el cielo raso de una lámpara de araña.
Tras el aguacero de luz dorada se cierran mis párpados y la música del motor a reacción rompe la barrera del silencio en pos de nuevas musas.
¡Palabra de rey acompasado!



Foto APOD: La nave Endeavour hacia la órbita terrestre

miércoles, 16 de junio de 2010

10. Hilando


Mescaline el pasante visitó Bandah apenas unas horas antes de la coronación.
Absorto entre las hebras jazmines de su capa, el gusano de la filoxera relamía con sumo gusto los brotes más sabrosos de su hilo borgoñés.
Lanzadas las campanas al vuelo, en un intento por tergiversar las leyes de la gravedad más elemental, se esperaba un carrusel de muertos y mutilados que no llegó a producir más que ligeros aspavientos.
Pero hay que reconocer que la visión ensordecedora de miles de toneladas de acero, corriendo ladera a bajo de una partitura de badajos desenfrenados, puede sorprender a más de un corazón. No así a Mescaline cuya osamenta a prueba del mejor lanzador de bolos puede soportar el fundido metálico de tanto instrumento sin sollozar ni un ápice de cordura.

Descalzo, dijo, por un sentimiento vanidoso de culpa, paseó los kilómetros que lo alejaban del castillo cantando fórmulas trigonométricas con la voluntad de descifrar el número exacto de invitados que asistirían sin carruaje de tiro a mi entierro.
Ocho minutos antes de pasar por la iglesia, las estrellas de rosa que despuntaban en el anillo filosofal cesaron en su brillo, al unísono, entristecidas por lo erróneo del resultado.
Mescaline huyó con sus escarpines por sombrero mientras nosotros jurábamos eternos votos de fidelidad frente al calderero.
¡Palabra de rey matemático!




Foto APOD: Rayos cósmicos

martes, 1 de junio de 2010

09. Mariposa


La reina no era de Bandah.
Aún siendo del archipiélago más remoto poseía la gloria de la flor del paraíso.
Quienes la conocieron no supieron averiguar el por qué de su estrella ni tampoco la fragancia que sus gestos despertaban en la ilusión reflectante de los espejos.
Cuando ella frecuentaba el palacio, irradiaba una peculiar sensación de vacío cósmico que los músicos miraban de imitar a toda costa bajo amenaza de muerte.

En el banquete de nuestro noveno compromiso desaparecieron todos los floretes del salón de armas. Rumores extranjeros los situaron en el ala oeste. Los ministros, incluso, barajaron la posibilidad de cargar el muerto al servicio contratado ex profeso para no disgustar al chamán de la corte.
Lo cierto es que (y que no salga de aquí) los escondí yo mismo bajo las faldas carcomidas de un órgano de pared. Me hubiese gustado que los agudos fueran algo metálicos sin perder, por otro lado, la calidez nórdica de la madera seca.


Sabía cosas y eso me gustaba con locura. La vi en contadas ocasiones pero perduró en la cabeza del reino la seguridad meridiana de su porte.
Nunca tuvo malas palabras para sí misma y elogió dos veces las aguas translúcidas en las que crecían los nenúfares peregrinos. Sólo su modista supo imitar como nadie el colorido vergel en sus vestidos de gala, sobre tafetán salvaje y encaje nacarado del Tíbet. Aún se conservan en los armarios reales sus creaciones; en cambio, ningún sombrero la sobrevivió, caían en el ostracismo en el instante preciso que regresaban a su cabello cobrizo.

Un día nos dejó. Salió a montar y su caballo tomó un atajo. Alguien habló años antes de un cabaret ambulante que transcribía recetas de Orión por muy pocas monedas.
Todavía conservo su peine favorito.
¡Palabra de rey consorte!




Foto APOD: Mariposa nebulosa