martes, 1 de junio de 2010

09. Mariposa


La reina no era de Bandah.
Aún siendo del archipiélago más remoto poseía la gloria de la flor del paraíso.
Quienes la conocieron no supieron averiguar el por qué de su estrella ni tampoco la fragancia que sus gestos despertaban en la ilusión reflectante de los espejos.
Cuando ella frecuentaba el palacio, irradiaba una peculiar sensación de vacío cósmico que los músicos miraban de imitar a toda costa bajo amenaza de muerte.

En el banquete de nuestro noveno compromiso desaparecieron todos los floretes del salón de armas. Rumores extranjeros los situaron en el ala oeste. Los ministros, incluso, barajaron la posibilidad de cargar el muerto al servicio contratado ex profeso para no disgustar al chamán de la corte.
Lo cierto es que (y que no salga de aquí) los escondí yo mismo bajo las faldas carcomidas de un órgano de pared. Me hubiese gustado que los agudos fueran algo metálicos sin perder, por otro lado, la calidez nórdica de la madera seca.


Sabía cosas y eso me gustaba con locura. La vi en contadas ocasiones pero perduró en la cabeza del reino la seguridad meridiana de su porte.
Nunca tuvo malas palabras para sí misma y elogió dos veces las aguas translúcidas en las que crecían los nenúfares peregrinos. Sólo su modista supo imitar como nadie el colorido vergel en sus vestidos de gala, sobre tafetán salvaje y encaje nacarado del Tíbet. Aún se conservan en los armarios reales sus creaciones; en cambio, ningún sombrero la sobrevivió, caían en el ostracismo en el instante preciso que regresaban a su cabello cobrizo.

Un día nos dejó. Salió a montar y su caballo tomó un atajo. Alguien habló años antes de un cabaret ambulante que transcribía recetas de Orión por muy pocas monedas.
Todavía conservo su peine favorito.
¡Palabra de rey consorte!




Foto APOD: Mariposa nebulosa

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