martes, 11 de mayo de 2010

07. De plomo


Los días plomizos sacuden Bandah de pies a cabeza.
Legiones de ángeles caídos, desposeídos en silencio de la gracia divina, surcan los cielos terciopelo de la urbe en busca de consuelo carnal a cualquier precio sin sospechar que los lechos acogedores son trampas ilusorias de malos augurios.
No se regala nada a cambio de nada, y menos a los perdedores.

En esos días, el blanco (que no existe) tropieza insistentemente consigo mismo mientras, tras las cortinas vaporosas de la niebla, mujeres barbudas y engendros varios se mofan de la torpeza colorista del genio.
No sorprende por tanto que los ángeles carentes de luz propia se agolpen al caer el amanecer en las cornisas desprendidas de las ilusiones humanas, al acecho, por si pudieran congelar en sus retinas un instante pasajero de felicidad.

Siempre les pedí a mis siervos que no se alejaran en los días grises, cuando los caminos más concurridos están; prefería digerir su abandono con el calor estival de una copa de vino en las manos.
Mis sospechas se demostraron inciertas las más de las veces en boca de voces paganas, como la de aquella aspirante a damisela de cuento de hadas; pero no por ello seguí llenando de garabatos la jaula dorada de la azotea. Lo hice sólo por amor al riesgo (y a las alturas).
Qué diferente parece esta ciudad de las demás si la atraviesas con la mirada, sin dejar a un lado la botella. Grillos asmáticos te dan la razón más cordial al sonrosar el criterio antagonista de sus cantos con el tuyo propio, mucho más afectado en las notas graves que simples y mortales animaluchos de tormenta fácil.

Si acabara lloviendo todo estaría justificado, incluso el sacrificio indiscriminado de vestales en el hangar azulón del acantilado.
¡Palabra de rey distorsionado!




Fotografía: Un día nevado cualquiera

1 comentario:

  1. no sabes cómo me descolocas cada vez que te veo... mola!

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