viernes, 30 de abril de 2010

06. Añicos


En Bandah se anegaron los pozos el año de la sequía.
Mi secretario seguía todo aquel experimento encaramado a las teorías ptolemaicas sobre el transgredir de los cuerpos en un plano. Ayunaba en vísperas de acertijos con la ilusión de alcanzar la gloria pero tarde caía en la cuenta de que aquello sólo hacia que perjudicar su ya maltrecho porvenir.
Las enredaderas del jardín crecían sin descanso y las fuentes termales escaldaban los bolsillos más exquisitos. Todo permanecía inalterable menos el curso funcional de palacio debido, sobre todo, a la inagotable capacidad del secretario por torcer lo que los ancestros ya habían demostrado como perpetuo.

Yo, por aquel entonces, gustaba de jugar en el invernadero.
Apedreaba sin descanso las conciencias de todos aquellos que lucían esgrafiados sobre el vidrio de Bohemia, sin reparar en lo amargo de las jornadas.
El agua había rehuido los cielos y las gentes ansiaban las tormentas. Algunas bestias desconfiadas huyeron de la ciudad con visados temporales y otras, en cambio, consagraron su estancia al dolce far niente.

Un once de noviembre, no lo olvidaré más, el mundo subterráneo recibió instrucciones de arriba para atajar el clamor popular. Y lo que se preveía sin orden ni concierto, discurrió vehemente y encantadoramente. Tanto que el secretario tomó cartas en el asunto y desprecintó los ventanales que yo, con sudor y puntería, había tardado poco en romper.
Infinitas veces me he repetido la misma canción, variando el tono y algún solista, pero sin mayores consecuencias.
Nadie fue testigo de la fundación ciudadana, nadie estaba por la labor de constatar la hecatombe.
¡Palabra de rey travieso!




Fotografía APOD: Londres de noche

1 comentario:

  1. Para eso están los secretarios... y los reyes.

    ¡Muy buen relato!


    besos

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