viernes, 30 de abril de 2010

06. Añicos


En Bandah se anegaron los pozos el año de la sequía.
Mi secretario seguía todo aquel experimento encaramado a las teorías ptolemaicas sobre el transgredir de los cuerpos en un plano. Ayunaba en vísperas de acertijos con la ilusión de alcanzar la gloria pero tarde caía en la cuenta de que aquello sólo hacia que perjudicar su ya maltrecho porvenir.
Las enredaderas del jardín crecían sin descanso y las fuentes termales escaldaban los bolsillos más exquisitos. Todo permanecía inalterable menos el curso funcional de palacio debido, sobre todo, a la inagotable capacidad del secretario por torcer lo que los ancestros ya habían demostrado como perpetuo.

Yo, por aquel entonces, gustaba de jugar en el invernadero.
Apedreaba sin descanso las conciencias de todos aquellos que lucían esgrafiados sobre el vidrio de Bohemia, sin reparar en lo amargo de las jornadas.
El agua había rehuido los cielos y las gentes ansiaban las tormentas. Algunas bestias desconfiadas huyeron de la ciudad con visados temporales y otras, en cambio, consagraron su estancia al dolce far niente.

Un once de noviembre, no lo olvidaré más, el mundo subterráneo recibió instrucciones de arriba para atajar el clamor popular. Y lo que se preveía sin orden ni concierto, discurrió vehemente y encantadoramente. Tanto que el secretario tomó cartas en el asunto y desprecintó los ventanales que yo, con sudor y puntería, había tardado poco en romper.
Infinitas veces me he repetido la misma canción, variando el tono y algún solista, pero sin mayores consecuencias.
Nadie fue testigo de la fundación ciudadana, nadie estaba por la labor de constatar la hecatombe.
¡Palabra de rey travieso!




Fotografía APOD: Londres de noche

lunes, 19 de abril de 2010

05. De nubes


En Bandah las nubes hacen chiquilladas.
Los húmedos vientos del estrecho intentan pasar totalmente desapercibidos por el peaje invernal; pero delicados pájaros de algodón, centelleantes como el azúcar, se condensan en el azul violáceo del amanecer creando un fondo veneciano inmaculado.

Esas mismas nubes son las que, cargadas de confeti, perfilan el rostro del gobernador o el de la doncella más pérfida del mundo. Se deshilachan la vestimenta y los harapos se consumen sin más en cada nuevo retrato.
Obra pictórica en perenne evolución.

Varado en un campo de trigo verde, rendidas mis velas entre suspiros y promesas, echan a volar mis ojos, aleteos espumosos, conformando un plano cenital inconmensurable.
Los dioses nunca debieron abandonarnos.
¡Palabra de rey buhonero!


Fotografía APOD: Ángel de humo

sábado, 3 de abril de 2010

04. Fase lunar


En Bandah la luna tiene un matiz especial.
Bordada por el fondo, la cámara lenta empecina su tránsito orbital. De esa manera, una sucesión de cuartos, a cada cual más egocéntrico, se perfila a cada lado de la torta gigantesca que cuelga del firmamento.
El punto álgido de la formación acarrea ciertos desajustes en el comportamiento sensitivo de los pobladores, nada que el recuento estadístico no sepa redondear a final de año.
Así, la suspensión voluntaria de la vida honora a los valientes sin que por ello su estirpe sufra castigo alguno. Se rinde culto por la sangre derramada brindando al ocaso su fruto, envuelta ésta entre organzas gaseosas de bellos colores.

Conocí, allá por el 50, a la dama de un suicidado que sobrevivió al dolor ferroso de la muerte. Veló los postreros suspiros del amante en una galería del ensanche, sutilmente ocultada del reflujo lunar.
En sus manos, teñidas aún por el fuego derramado, temblaba el dulce palpitar de un corazón. Residuo mal gestionado de la noche de autos.
La miré a los ojos, y tras las cortinas azulonas, seguía latente el desorden de su alma, la incomprensión por la huída del amor. Su hombre partió sin que ella pudiera recriminarle el afilado desgarro de la afrenta.

Durante la alineación perfecta de las esferas, miles de curiosos se asoman al espectáculo con el afán de interpretar el misterio. Yo desistí hace tiempo, al ver ondear los bajos de su vestido sobre la nieve transparente del solsticio, cuando me explicó su historia y quiso que la acompañara más allá del horizonte incendiado del crepúsculo.
Se puede nadar a contracorriente, sólo es necesario un poquito de imaginación y grandes dosis de cinismo; y yo lo abandoné todo en la primera batalla. Me lo dejé arrebatar simplemente, sin luchar apenas, para evitarme sufrimientos necesarios.

Supe de ella por voces extranjeras un mes antes del terremoto, en una entonación caucásica poco trabajada. Lo poco que saqué en claro fue su asignación a otra persona, más cabal y aburrida que la primera pero menos ilustrada e irreverente que la última.
Alguien los cría y ellos mismos se juntan.
¡Palabra de rey trasnochado!



Fotografía APOD: Luna eclipsada