jueves, 25 de marzo de 2010

03. Dolor en piedra


En Bandah se agrietaron los ríos en el desagüe rocoso de la última pirámide.
Sin apenas emoción, la arena confundió nuestros pies haciéndoles creer en un atardecer de finales de agosto.
Torrentes de barro amasaron nuevos ídolos que, en el futuro, llegarían a ser de carne y paja, como espantapájaros horneados a fuego lento.

Y, sin más, lágrimas venidas de todos los rincones del país abrasaron nuestros rostros y cegaron para siempre el vergel de ecuaciones infinitas.
No supimos salvar la belleza.
Tan sólo los nenúfares, con su raíz de pura agua, se metabolizaron en flores del desierto, tostándose para el resto de sus días en tono Sahara.

Y, a pesar de todo, yo acabé exiliado aquí, por voluntad propia, y a cuenta de un desamor sacudido de pies a cabeza por celos gelatinosos, más propios de los humanos que de las máquinas tragaperras.
7-7-7
Tú siempre ganas.
Y llegué a olvidarme del mar pero no del oleaje que surcaba, entre estrellas, el despertar de sus aguamarinas. Y se me pasó el frío aunque el tacto de sus manos siguiera congelándome la parte del corazón rescatada del incendio.
Y ya no volvieron a surcar las líneas azules del cielo cientos de grullas cantoras; en su lugar, cuervos tornasolados, hologramas camuflados de negro reverendo, me recordaron a diario el dolor que aquella escueta mujer era capaz de destilar en cada palabra, en cada quejido del alma.

Sin ella vivo mejor.
Pero en ocasiones los espejismos me la devuelven mil veces más exuberante. Enredadera virtuosa encaramada a los pies del árbol del pecado.
¡Palabra de rey condenado!


Fotografía APOD: Rocas volcánicas

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