miércoles, 9 de mayo de 2018

83. pres(t)o



Aquella vez, la luna se despidió de Bandah mucho después del rompeolas. Faeneros de guardia, pertrechados con adoquines y aceite de palma, limpiaron agallas y enfilaron granos de arena en hilos de seda para las comadres de pies helados y vientres salados.

Aquella vez, el cohete se inclinó hacia los cielos que no dejaban ver el decorado de esta ciudad. Engalanados con algodones de pimienta y limón, los cursis transeúntes miraban a lo alto de sus sombreros y cacareaban minuetos de fina orfebrería sin esperar que las aves asustadizas de los gendarmes descubriesen su nacionalidad ni la etiqueta colgante del pecio.

Aquella vez, enjugué cegueras, vilipendié escalones torcidos y azoté azoteas con rocíos regadera. Desesperaba más que mi rey, más que todos los sordos encañonados al puente; mas, de nada sirvió, tuve que coger tinta de ganso y fragmentos teatrales para recrear, tras los despiadados engranajes de un paso en procesión, el himno astronómico que despediría al pirata de ojos rasgados y piel melocotón que había abordado el camastro real en un error de abordaje.   

Aquella vez, aquel pirata y aquel accidente surgieron del jeroglífico apostado contra los muros de un triste adobe. Pero las glaciales alondras, con su explosiva estela de energía, quisieron demostrar que el desaguisado podía repetirse en cada lanzamiento de salvas. Todo cabía por entre las hojas de una dulce ventana, por muy de almena que fuera, y tuviera barrotes, o ganzúas de estrella.

Aquella vez, el día nos sorprendió viajando al espacio, orbitando en un mar de agujero negro, cuando aquí, con los pies en el suelo, los pescadores salieron a faenar palabras cargadas de olas.



¡Palabra de rey galeote!




Fotografía APOD: Hacia Venus

jueves, 19 de abril de 2018

82. Accidente



Por si visitas Bandah: ojo con los mares de arena, con sus agujas horarias y, también, cuidado con embarrancar así, sin avistar presentes ni futuros. Las musas de lo propio no lo llevan bien, ni tampoco los musos. ¿Por qué motivo iban ellos a ser menos que sus santas efemérides?
No te demores, pues, vuela cerca, planea a lunas llenas y te esperará en las terrazas del porvenir una amalgama de nuevas glorias con sus famas de terracota. Avispas ciegas, pavos con aguijón, elefantes esteparios de rayas violetas. Y puede que, si las multas no exceden en un tercio la sombra anchurosa de los navíos fluviales que, como pescaditos en rama se alojan los meses impares a orillas del palacio de naipes, si eso se diera, incluso avistar podrías renos de ligero boreal, huevos en molde de plata y linces de terciopelo pelo.

Una vez atracada tu espada y alimentado tu olfato con rupias, desearás cantos de sirenas o lengua de gato, placeres todos ellos que nuestro ilustre secretario guarda bajo llave de cristal en lo más angosto de su anatomía funcionarial. Y que suelta entre carcajadas de contento a cada intento de soborno carnal, no en vano fue toda una belleza siete medrosos lustros. Por aquello de salir del pueblo, por nada más y nada menos que comer repetidas veces a lo largo de una jornada, con su noche secreta a cuestas. Que menudo saque de revés tiene nuestro personaje gallifante.
Pero, no sufras: le pierden los magnolios, y las penas huecas que los sauces acarrean por el afluente de cartón.

Todo eso rezan los heraldos en domingo sin misa…





¡Palabra de rey ascensorista!




Fotografía APOD: Metal sobre la planicie
 

martes, 27 de marzo de 2018

81. JaQueS



La reina no era de Bandah, ya se dijo. Pero en su espacio ardiente de esmeralda, el rey pasaba las horas del libro que tuviera entre manos. Y como los cachivaches no gustaban a ninguno de los dos, ni las fieras enjauladas ni los hombres derrotados, entablaban partidas de ajedrez a dúo, por medio de geográficos rivales, en el tablero colgante de la torre del obispo. Alfiles a caballo, con relinchos entrecortados al calor de la tropa; o peones por reinas de marfil, en el horizontal despeñadero de una cuadrícula sin terminar del todo…

Las noches turbias, azuladas de espigones, los candelabros de gas proyectan teatrillos de aquella época, para goce de marineros sin puerto. Y una sordina de fábulas bordea el hemisferio occipital del monarca, pasada la medianoche y la santa compaña, como una verbena despojada de música pero no así de ardores estomacales pues el recuerdo no digirió, ay no, todavía no, la desaparición voluntaria de tan extranjera fulana.
El camafeo apostado en el corazón de mi regio señor bombea esquirlas de cometas extinguidos bajo la persuasiva mirada de su esposa. Y, aunque el secretario quisiera operar y extraer el tumor, yo me resisto a seguirle la correa y poetizo glosas embelesadas. Descubrí, no muy tarde, que nuestro rey se envuelve con ellas los días que bufa de tierra, por donde se perdieron sus pasos un día.



¡Palabra de rey ambidiestro!




Fotografía APOD: UGC 1810