jueves, 1 de diciembre de 2016

77. Rayón




En el incontable sinfín de tramas, Bandah se aprisiona en el reflejo de una cama, moribunda y figura hasta la sepultura. Pese a los desencuentros, a los náufragos, o a los poetas que silban su contrahilo a la luz de un castaño sin voz. Que me encanta veros danzar, parece atacar el ego tras las trenzas cobalto de cada general retirado. Sin embargo, cuando al humo se le ve desaparecer, el cabo de urdimbre, en su temporada de escorzos, suda diarios de tinta en decantados espejos. Por donde bajan los soles y ascienden montes de espinos. Por donde zarcillos de envuelto escote otorgan besos en secretos incendios. ¡Qué difícil ser patriota con el hambre bien vacío de pieles y jadeos! Para que llegue una juarista o una ladrona de medio pelo ante el jergón macilento de su vestido azul y cada volante salvaje escupa alejandrinos, como terciando cabos diagonales y coletas altas en pos de una primera guarnición de asaltos lujuriosos. ¿Juntos irían, entonces, unos dedos desorbitados y otras caderas infiltradas?

Conchabado en su sano juicio, nuestro rey saltaría de pisada en pisada. Al margen de las rubias, de las de color chocolate, pues su frenesí de yacer en paz, como barco a la deriva, traería amaneceres cobalto, de agujero entrepierna. Y manos alzadas, y agonizantes gaznates, y alguna que otra flema carrasposa. Dadme hilos y urdiré sedosas pelucas, sin carteras ni bolsillos. Cantando a cuplé lo que la cigarrera fume o fenezca tras los cristales de alegres ventanales.



¡Palabra de rey sobrehilado!




Fotografía: Paisaje de colcha, de Marisa Candal



sábado, 5 de noviembre de 2016

76. Flor (ecente)




Extrarradios cosmonautas, allí por donde Bandah suspira a pierna suelta, y los hijos borrachos de velas limón mapean aborígenes soles. La tristeza bordea sin pesar adoquines y pelajes, elucubrando escarabajos y raíces de frentes peludas tras lo cual uno se interroga… ¿puede personificarse la discordia y recalar hipérboles paréntesis? Viene entonces el secretario a llorar sauces, barajando follajes en la pátina congelada de nuestras lentes; y con enjundia, al unísono distancia y vergel, mis bigotes arrancan malos humos de tripas halcón. Y en esas, el piloto agita y destroza los mandos, suspira verdes hortensias y cabrea al calvo diapasón que otea cencerros…

Dejaos de escándalos negros y trillad las curvas barbudas de pelirrojos estrépitos, que soy vuestro rey y no un fracaso extinguido de cactus y borregos… Id al frío de gris y encended al ralentí corazones y espigas, de lotos gigantes, sí… Que la parálisis enzarzada escriba granos sedientos de mar, entre bólidos comerciales y naves por alunizar…

Y entre la morralla de dichos monacales, el oráculo ciega embalses y reabre tránsitos mundanos. ¡Que lo que se desprende de sueños presente no quiera ser muy lejano! O tan sólo de un estiércol gomero, de aquel que reabre mayúsculas libreas. Canalizada la flor de la vida, el maldito silencio terremota las carreras de heraldos y chinches,… en áticas terrazas, en luneros abrazos,… en padres rotos de soledad.



¡Palabra de rey jardín!




Fotografía APOD: Aviones en la luna


viernes, 14 de octubre de 2016

75. Angostura




El ojo ciego en su rutina esférica convierte a Bandah en un mapa de punto. Punto y seguido. Para nada semejante a dos montes gemelos calzados de otoño, con sus vientres de lava seca a rebosar de  gramíneas. O como una turista incidental, con pistola y cigarro velorio, apuntando idiomas, ligando viajes. ¿Es ella que finge aterrizar en un campo desgarrado de soles o es cosa nuestra y, en un ejercicio desdichado, la servimos como sopa de ganso? En ese punto, pues, en el del primer renglón, el tiempo detenido es una quimera y cuando la gente se pone vieja, resoplado dentro de su escafandra de goma eva, termina y acaba en una laguna picoteada de estrellas. Punto, y se confirma el seguido. Tras lo cual no hay peligro de colisión, únicamente el extravagante niño perdido que define bostezos amarrado a una ubre filantrópica allá por su nave nodriza. Maldito en su estirpe de gladiador, consentido pero adorado cual escarabajo de diorita fina. Punto y aparte.

Y aquí otra vez. Memoria de libro, entre tijeretazos de bichos desgarbados y puntas envenenadas, de aquellas que tiznan lenguas, matan y erigen mucho antes altares conchabados de verdades y casi mentiras a partes iguales, por muy sentada a la mesa que permanezca la mano que mece el hambre desde la cuna. Descalzada en guante de látex, sorbida en las aguas turquesas de un mar cada trece pinos de altura relativa. Punto, de nuevo. Para empeñarse de corrido en alimentar imanes. Que un cíclope no se columbra en año bisiesto pese a su corteza mundo o a las no pocas puertas como preguntas que cualquier pintor de bodegones formularía a balazos. ¡Los caballetes como escarpias!
Y en este último punto, la mujer lavanda que ciñe rosas y agujas sin fecha, se recompone el mayestático busto, tira de líneas astrales y trota nubes bajas con soldados de otros imperios, todavía por conquistar. Como sus labios, al negro en punto.




¡Palabra de rey aciago!




Fotografía APOD: Saturno creciente