viernes, 1 de junio de 2018

84. Dueto y medio, en la crecida marea



Si se rompiese el reflejo de Bandah en un espejo, la fanfarria de semejante estropicio desterraría debates y flores en blanco y negro. Y aunque la arena seguiría vigilando el tiempo en su clepsidra, toda una galaxia de encarcelados fragmentos urbanos temblaría sin un pegamento afín a sus propósitos. Que las estrellas no esperan conquistas ni todas esas lunas apuestos cohetes —tuvieron suficiente con quedarse tuertas una vez.
Para el vagabundo de turno, los destellos de luz desparramados al viento conforman velamen; y para la escriba, susurros al oído, toda una mitología reconocible de faros y planetarios. Con hambre y sin misas, ambos letristas se recomponen en el babel de la verticalidad como aspersores sordociegos, al consumir la sequía de las fauces carnívoras salidas al paso de su riego primigenio. Pues poseen adeptos y terroristas chupasangres, y algún que otro big bang fundacional. A orillas de una costa de azotea, por entre árboles de antracita y mesitas de café con mucha cafeína a cuestas. Levantando letras como amarras, sobre girones de celulosa virgen, en cuadernos a renglón seguido de un verso a todo color.
Que las almenas del reino darían su lustre por albergar a tamaño dúo, huelga suponerlo. Hasta los más crédulos fanfarrones de vela apuestan bajo manga por dicho milagro. Que la llama no se extinga, apostillo desde mi máquina de los inventos…


¡Palabra de rey zurcido!




Fotografía APOD: Boston Harbor


miércoles, 9 de mayo de 2018

83. pres(t)o



Aquella vez, la luna se despidió de Bandah mucho después del rompeolas. Faeneros de guardia, pertrechados con adoquines y aceite de palma, limpiaron agallas y enfilaron granos de arena en hilos de seda para las comadres de pies helados y vientres salados.

Aquella vez, el cohete se inclinó hacia los cielos que no dejaban ver el decorado de esta ciudad. Engalanados con algodones de pimienta y limón, los cursis transeúntes miraban a lo alto de sus sombreros y cacareaban minuetos de fina orfebrería sin esperar que las aves asustadizas de los gendarmes descubriesen su nacionalidad ni la etiqueta colgante del pecio.

Aquella vez, enjugué cegueras, vilipendié escalones torcidos y azoté azoteas con rocíos regadera. Desesperaba más que mi rey, más que todos los sordos encañonados al puente; mas, de nada sirvió, tuve que coger tinta de ganso y fragmentos teatrales para recrear, tras los despiadados engranajes de un paso en procesión, el himno astronómico que despediría al pirata de ojos rasgados y piel melocotón que había abordado el camastro real en un error de abordaje.   

Aquella vez, aquel pirata y aquel accidente surgieron del jeroglífico apostado contra los muros de un triste adobe. Pero las glaciales alondras, con su explosiva estela de energía, quisieron demostrar que el desaguisado podía repetirse en cada lanzamiento de salvas. Todo cabía por entre las hojas de una dulce ventana, por muy de almena que fuera, y tuviera barrotes, o ganzúas de estrella.

Aquella vez, el día nos sorprendió viajando al espacio, orbitando en un mar de agujero negro, cuando aquí, con los pies en el suelo, los pescadores salieron a faenar palabras cargadas de olas.



¡Palabra de rey galeote!




Fotografía APOD: Hacia Venus

jueves, 19 de abril de 2018

82. Accidente



Por si visitas Bandah: ojo con los mares de arena, con sus agujas horarias y, también, cuidado con embarrancar así, sin avistar presentes ni futuros. Las musas de lo propio no lo llevan bien, ni tampoco los musos. ¿Por qué motivo iban ellos a ser menos que sus santas efemérides?
No te demores, pues, vuela cerca, planea a lunas llenas y te esperará en las terrazas del porvenir una amalgama de nuevas glorias con sus famas de terracota. Avispas ciegas, pavos con aguijón, elefantes esteparios de rayas violetas. Y puede que, si las multas no exceden en un tercio la sombra anchurosa de los navíos fluviales que, como pescaditos en rama se alojan los meses impares a orillas del palacio de naipes, si eso se diera, incluso avistar podrías renos de ligero boreal, huevos en molde de plata y linces de terciopelo pelo.

Una vez atracada tu espada y alimentado tu olfato con rupias, desearás cantos de sirenas o lengua de gato, placeres todos ellos que nuestro ilustre secretario guarda bajo llave de cristal en lo más angosto de su anatomía funcionarial. Y que suelta entre carcajadas de contento a cada intento de soborno carnal, no en vano fue toda una belleza siete medrosos lustros. Por aquello de salir del pueblo, por nada más y nada menos que comer repetidas veces a lo largo de una jornada, con su noche secreta a cuestas. Que menudo saque de revés tiene nuestro personaje gallifante.
Pero, no sufras: le pierden los magnolios, y las penas huecas que los sauces acarrean por el afluente de cartón.

Todo eso rezan los heraldos en domingo sin misa…





¡Palabra de rey ascensorista!




Fotografía APOD: Metal sobre la planicie