jueves, 19 de abril de 2018

82. Accidente



Por si visitas Bandah: ojo con los mares de arena, con sus agujas horarias y, también, cuidado con embarrancar así, sin avistar presentes ni futuros. Las musas de lo propio no lo llevan bien, ni tampoco los musos. ¿Por qué motivo iban ellos a ser menos que sus santas efemérides?
No te demores, pues, vuela cerca, planea a lunas llenas y te esperará en las terrazas del porvenir una amalgama de nuevas glorias con sus famas de terracota. Avispas ciegas, pavos con aguijón, elefantes esteparios de rayas violetas. Y puede que, si las multas no exceden en un tercio la sombra anchurosa de los navíos fluviales que, como pescaditos en rama se alojan los meses impares a orillas del palacio de naipes, si eso se diera, incluso avistar podrías renos de ligero boreal, huevos en molde de plata y linces de terciopelo pelo.

Una vez atracada tu espada y alimentado tu olfato con rupias, desearás cantos de sirenas o lengua de gato, placeres todos ellos que nuestro ilustre secretario guarda bajo llave de cristal en lo más angosto de su anatomía funcionarial. Y que suelta entre carcajadas de contento a cada intento de soborno carnal, no en vano fue toda una belleza siete medrosos lustros. Por aquello de salir del pueblo, por nada más y nada menos que comer repetidas veces a lo largo de una jornada, con su noche secreta a cuestas. Que menudo saque de revés tiene nuestro personaje gallifante.
Pero, no sufras: le pierden los magnolios, y las penas huecas que los sauces acarrean por el afluente de cartón.

Todo eso rezan los heraldos en domingo sin misa…





¡Palabra de rey ascensorista!




Fotografía APOD: Metal sobre la planicie
 

martes, 27 de marzo de 2018

81. JaQueS



La reina no era de Bandah, ya se dijo. Pero en su espacio ardiente de esmeralda, el rey pasaba las horas del libro que tuviera entre manos. Y como los cachivaches no gustaban a ninguno de los dos, ni las fieras enjauladas ni los hombres derrotados, entablaban partidas de ajedrez a dúo, por medio de geográficos rivales, en el tablero colgante de la torre del obispo. Alfiles a caballo, con relinchos entrecortados al calor de la tropa; o peones por reinas de marfil, en el horizontal despeñadero de una cuadrícula sin terminar del todo…

Las noches turbias, azuladas de espigones, los candelabros de gas proyectan teatrillos de aquella época, para goce de marineros sin puerto. Y una sordina de fábulas bordea el hemisferio occipital del monarca, pasada la medianoche y la santa compaña, como una verbena despojada de música pero no así de ardores estomacales pues el recuerdo no digirió, ay no, todavía no, la desaparición voluntaria de tan extranjera fulana.
El camafeo apostado en el corazón de mi regio señor bombea esquirlas de cometas extinguidos bajo la persuasiva mirada de su esposa. Y, aunque el secretario quisiera operar y extraer el tumor, yo me resisto a seguirle la correa y poetizo glosas embelesadas. Descubrí, no muy tarde, que nuestro rey se envuelve con ellas los días que bufa de tierra, por donde se perdieron sus pasos un día.



¡Palabra de rey ambidiestro!




Fotografía APOD: UGC 1810


lunes, 26 de febrero de 2018

80. dorad(O)




Palmitos sobre ruedas en Bandah, para navegar, pasillo arriba, estante abajo, por ondas de asfalto y parcelas de espinas. Que ser cartero, motorista y hormiga atómica, en un reino como este, o en el vecino mundo submarino, rima más cauchos que nevadas cremalleras, un día de virus cualquiera o de mercado sin abastos ni pesos.
Para cuando la época de tifones asola cielos y barcas, de dos en cinco, como gavetas de sal, las gráciles ventiscas tanto surcan arenas movedizas como pescan escorpiones de un difunto faraón, para que así los durmientes puedan ilustrar carnavales o cesar pasacalles con la misma raíz de quebrados que el cartero de antes legaliza noviembres o estipula libros naturales, en la trastienda infinita de oriones negros.
Al igual que entonces, el canto del poeta recoge el aleteo de unos dedos camarilla, y compone así:

Los mejores reflejos son los más pequeños,
los que duermen esperando la próxima marea,
la más adorada.
Siempre hay tiempo, para abandonarlo en un espejo.
En un mar sin playas, lleno de albas sin rumbo,
en un amuleto, aferrado a la tierra sin remedio.

La reina dibujara corales en su corazón malherido,
volverá a soñar circunferencias.
No despertará nunca de sus nubes tempranas.
Seguirá cosiendo estrellas en (uni)versos inacabados...
En océanos infinitos de esponjas, de lunas sin planeta.
En mapas, mucho más allá de las estrellas.
En su espacio ardiente de esmeralda amarillo.



¡Palabra de rey cueRdo!




Fotografía APOD: Al amanecer